martes, 20 de junio de 2023

 

Hasta el espíritu de nuestra sombra

Bueno es sentir que vivimos, / no nos abandona nuestra sombra; / bueno es no andar perdidos, / sino braceando día y noche las olas. / Florecen cayenas, lirios / y lilazules boras; / hacen los pájaros sus nidos / y me amparan samanes con sus sombras. / En medio de montes y sabana / de caballo, llanero y soga, / entre mañana y tarde / el llanero cumple su brega reventona. / Ando mirando llano, / camino entre espinos y rocas; / aspiro el aire / con briznas de aguas que retozan. / Dejamos tristes momentos en el olvido, / no olvidamos las buenas cosas; / bueno es sentir que vivimos, / y nos sigue nuestra sombra. / Dios, somos tus hijos, / te agradecemos hasta el espíritu de nuestra sombra… Adelfo Morillo  

 

viernes, 1 de octubre de 2021

 

Cuentos para entretener            14

Una noche me dijo mi papá Tomás que en la mañanita íbamos a salir en la curiara, para visitar a los Venero en el fundo Medanito, allá estaba Pedro Venero, marido de Ana Olivares de Venero, sobrina ahijada de mi mamá Catalina; ese otro día todavía bajo el crepúsculo mañanero salimos en la curiara, mi papá con canalete y yo con palanca, llevábamos algo de bastimento en el porsiacaso; la travesía la comenzamos por el río Apure, después enfilamos por un caño de aguas cristalinas, en algunas partes se hacía remolinos; cuando habíamos andado buena parte del trayecto, miramos sobre la orilla derecha una manirota, ya la habían picoteado los pájaros y se veía amarillita ladrillo, arrimamos la curiara, me bajé, la agarré y olía a delicias edénicas; a media mañana llegamos donde los Venero, allá estaban Pedro Venero, el hijo mayor Pompilio y la hija Hermelinda; recuerdo que en la tarde salimos con Pompilio que cargaba una escopeta, por si se atravesaba alguna cacería, pasamos frente a una laguna grande, y ya en la tardecita regresamos a la casa de campo; cenamos y temprano en la noche nos reunimos alrededor del montón de bosta encendido, para ahuyentar la plaga, y empezó lo que no puede faltar, la contadera de cosas pasadas y con el ingrediente de los cuentos de espantos, de aparecidos y de muertos, y ahí era cuando Hermelinda se reía sabroso de mí, porque yo subía los pies sobre la silla de cuero, para que ningún muerto me tocara las piernas; y qué cuento del momento de irnos a acostar, yo me metía en el chinchorro con mosquitero y me arropaba como hallaca de pies a cabeza, con los ojos apretados, para que ningún muerto me tocara y para no mirarlo parado frente a mí; en la madrugada me despertó mi papá, para que fuéramos hasta el corral del ganado, cuando llegamos, estaban ordeñando y nos dieron leche tibiecita recién ordeñada en totumas rebosantes de espuma; cuando volvimos a la casa de vivienda Hermelinda se mecía en un chinchorro y yo le dije que me dejara acostar a su lado, porque estaba enamorado y me iba a casar con ella; al día siguiente salimos de Medanito rumbo a casa, nos dieron unas cachapas con queso blanco llanero de cincho, cuando habíamos andado como media travesía, nos dio apetito, busqué en el porsiacaso y las cachapas estaban babosas, todavía estábamos en aguas claritas del caño, mi papá me dijo que las mojara en las aguas, eso hice y nos dimos ese manjar, mientras seguimos navegando en la curiara: poco a poco y cantando bajito..., como decía mi papá...

                                                                     Adelfo Morillo

jueves, 30 de septiembre de 2021

 

Cuentos para entretener            13

 

En esos tiempos hasta 1.960, cuando nos vinimos para Villa de Todos los Santos, allá en los patios de la casa de El Picacho pasaba los días jugando y entretenido solo; recuerdo que añoraba tener algún hermano, amigo o compañero de juegos y travesuras, mas no fue así en ningún momento; de mi hermano mayor Rafael Ángel recuerdo la vez, cuando yo estaba sobre el barranco del río, frente a la casa y él se lanzó de cabeza al agua, me quedé sorprendido y en suspenso, esperaba con angustia y me hacía preguntas: ¿cuándo va a salir, ¿dónde va a salir?, ¿por qué tanda tanto en salir?, ¿será que no va a volver a salir..?; me frotaba las manos, me paseaba de un lado a otro, se me hizo eterno ese tiempo, supongo que fueron segundos, quizás un minuto..., mas al rato surgió casi en la mitad del río. Estuvimos hasta mis ocho años de edad en esa casa a orilla del Apure, me bañaba en el río, mas ahí y en esos tiempos no aprendí a nadar; aprendí a nadar años después en Villa de Todos los Santos; otra de las cosas que recuerdo de mi hermano mayor, fue la tarde, cuando mi papá estaba trabajando carpintería en el banco de labor que tenía bajo la enramada delante de la casa frente al río, de repente escuchamos unos gritos, y no sé cómo mi papá supo que se trataba de mi hermano, agarró una maceta y salió corriendo hacia la chalana, donde mi hermano trabajaba de motorista, cuando llegamos, se fue hasta donde mi hermano, varios en la chalana lo habían cayapeado y uno de ellos le dio una puñalada en el brazo derecho, y luego huyó lanzándose al agua; mi papá agarró a mi hermano del brazo ileso, pasamos por casa de mi mamá Cecilia Filomena y con ella nos fuimos a una clínica, donde el médico León Tirado atendió la herida punzo penetrante, después nos fuimos a casa; al día siguiente mi hermano amaneció con el brazo muy hinchado y no soportaba el dolor, fuimos de nuevo a la clínica, donde el médico le hizo una cirugía, ya casi se le gangrenaba el brazo, después de la intervención el médico le dijo a mi papá, que eso pasó porque seguro mi hermano había tenido relación íntima con la mujer, ya mi hermano convivía con su mujer Yolanda, en casa junto a nosotros; otra de las cosas que recuerdo de mi hermano mayor era que trabajaba en el bar Sol y sombra..., todavía mi hermana mayor Josefina, a la que siempre hemos nombrado por el hipocorístico Pina, conserva una foto sepia, donde él aparece sobre una bicicleta Raleigh frente a dicho botiquín; también recuerdo que en el año 1.960 mi hermano se presentó a la Prefectura en San Fernando para irse a prestar servicio militar; mi papá cuando escuchaba sonar alguna ranchera cantada por Pedro Infante o alguno de esos charros mexicanos de la época, me decía que se acordaba de Rafael, porque a él le gustaban mucho las canciones rancheras acompañadas de mariachis...

                                                                                  Adelfo Morillo  

miércoles, 29 de septiembre de 2021

 

A mi escuela

Este sol llanero nos despierta,

con buen calor estamos alertas;

vamos todos con alegría

a comenzar clases en nuestra escuela...

 

La batalla ahora es con lápiz,

cuaderno, libro y mucha atención,

para cincelar presentes de aurora

en nuestra escuela Batalla de Carabobo...

 

Cantamos el Gloria al Bravo Pueblo,

izamos la bandera tricolor,

viva nuestro Dios y viva Bolívar,

Libertador de nuestra gran nación...

 

A esta Villa de Todos los Santos,

de agua, de tierra y sol

le damos perenne bienestar

con siembra de plantas con amor...

 

Este sol llanero nos anima,

con buen calor nos despierta,

llegamos todos con alegría

a comenzar clases en nuestra escuela...

                                                                Adelfo Morillo

domingo, 26 de septiembre de 2021

 

Cuentos para entretener            12

Siempre salíamos mi papá y yo en la mañana, fuera a pie o en la curiara, si era en la curiara salíamos más temprano, en la mañanita después de tomar el guayoyo recién colado por mi mamá, aprovisionados de algún bastimento: cambures manzanos con queso blanco llanero o panes dulces con queso o catalinas con queso blanco blandito; nos subíamos en la curiara, mi papá con el bastimento en el porsiacaso, él con el canalete y yo con la palanca, remontábamos o bajábamos por el Apure, en tiempos de lluvias, el río se llenaba de orilla a orilla, a veces se desbordaba inundando las partes más bajas de San Fernando y también a Puerto Miranda del lado del Estado Guárico, se veía el agua revuelta terrosa, bajando boras, y con grandes remolinos con borbollones, esas travesías las hacíamos por diversas causas, sobre de todo para preparar vegas, según para sembrar maíz; mi papá ya había visteado el sitio, conducíamos hasta allá y mi papá comenzaba a tumbar monte, gamelotales más altos que él, a punta de machete y con garabato, el machete él lo amolaba con lima y después lo pasaba por la piedra de amolar, lo dejaba amoladito como hojilla, le sacaba filo hasta por la parte de atrás del machete; yo le decía de usarlo, y no me dejaba, porque él decía que era peligroso y me podía cortar; lo curioso de esta faena era que después de realizar esa tarea de desmonte, no íbamos a sembrar; mas esa era su añoranza, todavía cuando él tenía más setenta años, lo escuchaba decir: ¡Ah, si pudiera tumbar una roza, qué bueno es sembrar una roza..! La roza consiste en elegir un pedazo de tierra, si tiene árboles, se talan, se corta el monte a punta de machete, se recoge y se apila esa tala y desmonte en montones y se le prende fuego, según esas cenizas sirven de nutrientes para el suelo; previo a Semana Santa el viaje en curiara lo hacíamos para ir a cortar algunas varas para hacer los trompos, madera que él sabía cuál era las más zumbadora, cortaba los palos y nos regresábamos a casa, donde se ocupaba con martillo, clavos y machete, colocaba el clavo en el pedazo de vara y empezaba a labrar con el machete, hasta cuando le daba la forma y cortaba el trompo; hacía trompos grandes para él y unos más pequeños para mí, los enrollaba con la cabuya y lo hacía bailar, lo tomaba en la mano, cuando yo todavía no sabía bailarlo y menos tomarlo en la mano, me dijo cómo enrollarlo, bailarlo y tomarlo en la mano y hasta en la uña y en el aire... Ahora cuando escribo estas líneas, me afloran recuerdos, me paro y voy hasta la biblioteca de casa, busco el libro Amor y terror de las palabras, escrito por el filósofo de Palmarito (Estado Apure) José Manuel Briceño Guerrero (del que recibí clases en Mérida de las asignaturas Mitología Clásica, Pensamiento Clásico, en ese semestre leímos en griego antiguo el diálogo Simposio (El Banquete), escrito por Platón), Editorial Mandorla, Caracas, 1.987, y en la página 138 leemos la adivinanza infantil: Para bailar me pongo la capa, / porque sin la capa no puedo bailar; / para bailar me quito la capa, / porque con la capa no puedo bailar (el trompo)...

                                                                             Adelfo Morillo

 

Cuentos para entretener            11

A lo largo de mi cotidianidad son innumerables los momentos que he ido atesorando aquí, allá y en tantas partes, y asimismo he ido cincelando en mi memoria los gratos momentos y dejando en el olvido aquellos ingratos;  y a mi edad actual sigo persiguiendo las nubes que entretienen con sus distintas formas, dejo correr mis pensamientos y sentimientos con las aguas del río, persigo el vuelo de los cocuyos en las noches oscuras o las en la noches claras de luna, sigo con alegría persiguiendo y atrapando y soltando caballitos o libélulas en tardes serenas, me sigue embelesando el surgir y zambullir de las toninas, porque aun recuerdo cuando vivíamos a orilla del Apure, de mis tiempos solo, pescando sobre la curiara o sobre el plan de una chalana varada que habían abandonado frente a la casa; y es así cómo ahora recuerdo la mañana cuando bajé a pescar en la curiara amarrada a la orilla del río frente a la casa, lancé varias veces el guaral con anzuelo y carnada, había pasado un buen rato y solo había pescado un caribe pecho rojo, y como no ajiló más nada, agarré el caribe y lo metí completo en el anzuelo, lancé el guaral, lo amarré del banco de la curiara y me fui para la casa, cuando quizás había pasado más de una hora, fui a revisar el guaral, empecé a halar y halaba, sentí que no halaba ni pesaba, pensé que los caribes se habían comido la carnada, seguí halando hasta tener el guaral frente a la orilla de la curiara, miré algo que asomó fuera del agua y me asustó tanto que solté el guaral y salí en carrera hacia la casa, gritando, llamando a mi papá, llegué y le dije todo azorado que había ajilado algo muy grande y feo, bajó conmigo, haló el guaral, miró y dijo que eran dos rayas, eran muy grandes, como dos tortas de casabe, una estaba sobre la otra, mi papá: Están encastando... También recuerdo la tarde después del almuerzo, del bagre guisado que habíamos comido, aparté el cuero y me lo llevé con el guaral de pesca, me dirigí a la chalana abandonada frente a la casa, llegué y me ubiqué sobre el plan que todavía estaba sano y fuerte, agarré el cuero del bagre, lo amarré del guaral, lo empecé a hundir en el río, sentía que mordían los peces, cuando halaba el guaral, salían pegados del cuero varios caribes pecho rojo, los caribes caían saltando sobre el plan de la chalana y volvían a caer a las aguas del río, y en una de las haladas los miro saltando sobre el plan de la chalana, quise atajarlos y rápido metí la mano derecha, cuando uno de los caribes me mordió el dedo meñique de la mano derecha, de eso hace más de sesenta años, y todavía toco, siento y miro la cicatriz de esa mordida en mi dedo meñique...

                                                                         Adelfo Morillo   

viernes, 24 de septiembre de 2021

 

Cuentos para entretener            10

Cuando tenía siete años de edad, mi papá Tomás y mi mamá Catalina pensaron que ya era tiempo de que yo aprendiera a leer y a escribir, y una buena mañana, mi papá me dijo que íbamos a salir para el centro de San Fernando, salimos y nos dirigimos hacia la Papelería y Librería donde él compraba el pregonero, y preguntó por el libro Mantilla, creo que pagó un bolívar por el ejemplar de tapa dura, con ilustraciones en blanco y negro; con tal libro mi mamá quiso que yo aprendiera el alfabeto o abecedario, y cuando lo aprendí, comenzó ella a enseñarme a leer con el método del deletreo, que consistía en nombrar cada letra y luego pronunciar cada sílaba de la palabra, y uniendo las sílabas, se debía leer el significado de la palabra, y recuerdo que ella elegía una palabra como casa, por ejemplo, y yo decía c (ce) a (a) ca, s (ese) a (a) sa: y yo hasta ahí llegaba, y mi mamá me preguntaba ¿qué dice?, y yo no sabía unir los dos sonidos, y ella insistía, pero si lo dices clarito, y así no sé con cuántas palabras y no sé por cuántos días..., en resumen no aprendí a leer con tal método; y cuando andaba con mi papá a pie o navegábamos, no por internet, sino en la curiara, él acompañaba nuestras andanzas con su conversación salpicada de cuentos, leyendas, moralejas, recuerdo que me contaba de un hijo amoroso con la madre, y un día la madre enfermó y pasaban los días y la madre seguía en cama, y el niño pensando que la madre podía morir, una mañana fue al jardín y tomó una rosa perfumada y se la llevó a la madre en su lecho, y la madre ante ese gesto de atención amorosa, a partir de ese momento comenzó a restablecerse...; y mi papá destacaba de cómo es de admirar a los hijos que son amorosos con los padres y sobre con la madre...; otro cuento que mi papá me refería era del leñador, que una mañana hachando a la orilla del río, se le soltó el hacha que fue a dar a las aguas del río, y el leñador se quejaba de su mala suerte...; cuando de pronto sale el encanto de las aguas y le pregunta ¿por qué se lamentaba..?, y el leñador le responde que se le cayó el hacha al río, su herramienta de trabajo con que sustenta a su familia..., el encanto se sumerge y regresa con una hacha de oro y le pregunta: ¿esta es tu hacha...?, y él responde: No, esa no es mi hacha...; el encanto vuelve a sumergirse y emerge con una hacha de plata y le pregunta: ¿esta es tu hacha..?, y de nuevo le responde: No, esa tampoco es mi hacha...; por tercera vez el encanto zambulle y regresa con el hacha bastante usada y le pregunta: ¿esta es tu hacha..?, y el hasta entonces afligido leñador, ahora responde con emoción: ¡Sí, esa es mi hacha..! Y el encanto vuelve a sumergirse y regresa con las hachas de oro y de plata y también se las concede al leñador, como premio por su honradez... Debió pasar cierto tiempo, cuando yo tenía más de treinta años de edad y en un viaje que hice a Caracas, me consigo con la sorpresa, de que en uno de los tantos sitios de venta de libros usados, ahí estaba el libro Mantilla, lo compré, y me consigo con otra sorpresa, los dos cuentos que arriba escribo forman parte de las varias lecturas que contiene el legendario libro Mantilla, de tapa dura que se empleaba en primer grado, para aprender a leer y a escribir...

                                                                                       Adelfo Morillo

 

Cuentos para entretener            9

Esa mañana después de haber desayunado con café con leche, pan dulce y queso blanco de cincho blandito, me dice mi papá: Ya nos vamos a comprar el pregonero... Salimos y enrumbamos por el camino que conduce a donde queda el palacio de gobierno, ahí llegamos y seguimos caminando cuando miramos que a una cuadra del palacio de los Barbarito, en la plaza estaba un grupo de gente y se veía una estatua pedestre cubierta por una tela, mi papá pregunta a alguien de qué se trataba tal reunión y  este le responde que iban a develar la estatua del general José Antonio Páez; al rato llegó la comitiva que acompañaba al gobernador del Estado Apure, comenzaron los actos protocolares, habló el gobernador y después procedieron a develar la estatua, no recuerdo ni una palabra de las dichas por el gobernador; después de comprar el periódico nos dirigimos a casa, y en el trayecto mi papá me contó de cuando se dio la batalla de Carabobo, en aquella mañana del 24 de junio de 1.821, estrategia concebida por el Libertador Simón Bolívar, y de cómo apenas había comenzado la batalla, fue herido de muerte el teniente Pedro Camejo, conocido como Negro Primero, y según se cuenta, este va en veloz carrera y el general Páez le grita: ¿Por qué huyes, negro cobarde..? Y este le responde: No huyo, Taita, vengo a decirle adiós, porque estoy muerto..., y cae del caballo, ya muerto...  Releo la Autobiografía..., escrita por José Antonio Páez, firmada por él en Nueva York el 19 de abril de 1.867,  Editorial Bedout S. A. (1.973), Medellín; Colombia; a partir de la página 213 leemos: Los oficiales de mi estado mayor que murieron en esta acción de la mañana del 24 de junio de 1.821, en la sabana de Carabobo fueron: coronel Ignacio Meleán, Manuel Arraiz, capitán Juan Bruno, teniente Pedro Camejo (a) Negro Primero, teniente José María Olivera y teniente Nicolás Arias. Entre todos con más cariño recuerdo a Camejo, esclavo un tiempo, después de la acción del Yagual, admitíle en mis filas y siempre a mi lado fue para mí preciosa adquisición. Tales pruebas de valor dio en todos los reñidos encuentros que tuvimos con el enemigo, que sus mismos compañeros le dieron el título de Negro Primero. Continuó a mi servicio distinguiéndose siempre en todas las acciones más notables, y su nombre aparece entre los héroes de las Queseras del Medio. El día de la batalla de Carabobo, a los primeros tiros, cayó herido mortalmente, y tal noticia produjo después un profundo dolor en todo el ejército. Bolívar cuando lo supo, la consideró una desgracia y se lamentaba de que no le hubiese sido dado presentar en Caracas a aquel hombre que llamaba sin igual en la sencillez, y sobre todo, admirable en el estilo peculiar en que expresaba sus ideas... Si aquel gesto de despedida de Negro Primero antes de morir fue cierto, no lo sabemos, en estas líneas de elogio de Páez no hace referencia de tal cosa; si fue cierto, bien para nuestra magna historia patria, y si no, no desmintamos tal leyenda de heroicidad...

                                                                  Adelfo Morillo

 

jueves, 23 de septiembre de 2021

 

Cuentos para entretener            8

Cada mañana salíamos a comprar el pregonero, a visitar a mi mamá Cecilia Filomena o a una heladería del centro de San Fernando, y cuando pasábamos frente al cañito y veíamos el palacio de los Barbarito, mi papá Tomás me contaba que cuando los Barbarito tenían su emporio, ellos también traficaron con el negocio de las plumas de garza, y él cómo añoraba aquel tiempo de las plumas de garzas, de cuando él las recogía en suelos y lagunas de los garceros, para luego venderlas, y contaba de cómo debía cuidarse de los campos volantes, que eran capaces de hasta matar a los que conseguían cazando garzas sin medida; si nos llegaba el mediodía o las horas de la tarde, bajo soles apureños y él enfilaba hacia la heladería, me decía: Vamos hasta la heladería, para comprar una barquilla de dos tonos..., así él decía de los helados de chocolate y mantecado, a mí también me gustaba y me sigue gustando ese helado de dos tonos... Ahora en mis recuerdos, cuando releo la novela Doña Bárbara, escrita por nuestro genial Rómulo Gallegos, me detengo ante las líneas donde relata y pinta una nota de los garceros de nuestras sabanas llaneras: El garcero es un monte nevado al amanecer. Sobre los árboles, en los nidos colgados en ellos y en torno al remanso, la blancura de las garzas a millares, y por donde quiera, en las ramas de los dormitorios, en los borales que flotan sobre el agua fangosa de la ciénaga, la escarcha de la pluma soltada durante la noche, con el alba comienza la recolecta. Los recogedores salen en curiaras, pero terminan echándose al agua y con ella  a la cintura, entre babas y caimanes, rayas, tembladores y caribes, desafían la muerte gritando o cantando, porque el llanero nunca trabaja en silencio. Si no grita, canta... Y asimismo me quedo en suspenso, cuando releo estas líneas que aparecen en Maisanta, un hombre a caballo..., escrita por el barinés José León Tapìa, donde narra y describe aquellas crueles matanzas de garzas: Un día comenzó en el mundo el furor de la pluma de garza. Las mujeres de Europa, los modistos de París, la codiciaban para adornos y la codicia se vino al llano donde viven las garzas. Un quintal de plumas valía una fortuna y la fortuna estaba en los garceros... Los tiros de escopetas barrieron las aguas del estero, matando las garzas sin distinción, aunque fueran pichonas, las más solicitadas por sus plumas sedosas y frágiles, tan hermosas para sombreros de mujeres. A las siete de la mañana no quedaba un animal vivo en los esteros de Los Borales. Solamente los cuerpos de garzas blancas, las chusmitas. Garzas azulosas, las morenas. Garzas rosadas, las paletas. Garzas negras, las zamuritas. Garzas rojo escarlatas, las corocoras, coloreaban sobrenadando la superficie verdiazul de las aguas... Cuando clareaba la madrugada con el lucero becerrero que alumbra a los ordeñadores, los hombres de Humberto Gómez, pintadas las caras negras con el hollín del fondo de los calderos, le cayeron por sorpresa al garcero de Los Borales. Los celadores del hato y del fisco colombiano desperezaban el sueño con los bostezos del amanecer, cuando fueron encañonados. Con el arrebol de un sol gigante comenzaron los asaltantes a cargar los enormes sacos de plumas en las carretas de mula...

                                                                  Adelfo Morillo

martes, 21 de septiembre de 2021

 

Cuentos para entretener            7

Milagros Socorro en el Prólogo del libro de Historia, crónica, leyenda, Vívido Sur..., escrito por Julieta Salas de Carbonell, editado en 2.015 por la Fundación Julio C. Salas, en la página 10, leemos: Como es habitual en los pueblos, más en los que carecen de luz eléctrica, la narrativa enrumbó por los predios de fantasmas, aparecidos y de la estelar Llorona... En aquellos momentos inolvidables, allá en El Picacho, en las noches nos reuníamos alrededor del montón de bosta de ganado, a la que se le pegaba candela, para espantar los zancudos, y mi papá Tomás aprovechaba para contar de sus tantas correrías a pie o embarcado por distintos lugares en afanes de trabajos o en gustos de parrandas con arpa, cuatro, maracas y cantadores, también él contaba de las luces que en algunas partes solitarias aparecían, que según la gente son ánimas en pena, que dejaron entierros en esos sitios: tinajas o botijas llenas de morocotas, que son monedas grandes en oro cochano macizo, y contaba que eso es mentira de que los muertos salen, porque él se iba solo a dormir en esos sitios solitarios, donde aparecía la luz y nunca se le apareció ninguna alma en pena; y esos eran los momentos, cuando yo recogía las piernas y las colocaba sobre la silla o taburete donde yo estaba sentado, y cuando ya estaba acostado en el chinchorro con mosquitero, para evitar los zancudos, ahí me costaba dormir, me arropaba con la sábana, sin dejar ningún resquicio del cuerpo sin arropar, porque pensaba que justo ahí me iba a tocar el ánima en pena del muerto o de la muerta, y apretaba los ojos, porque si los abría ahí frente a mí iba a estar el aparecido o aparecido con sus ojos bien pelados, con sonrisa siniestra y con brazos y manos en los puros huesos, para agarrarme con dedos fríos como hielo... Pasó bastante tiempo, cuando llegué a adulto, para que yo venciera el miedo que le tenía a los muertos, y eso fue gracias a que empezó a valer más en mí la fuerza de la razón que los terrores de las creencias que aun siguen existiendo en las gentes de nuestros pueblos, campos,  caseríos y vecindarios: ánimas en pena, el carretón sin conductor, Sayona, Llorona, la bola de fuego, Silbón, el jinete sin cabeza...

                                                                                       Adelfo Morillo

 

Cuentos para entretener            6

Ediciones Germika, S. A., publica, en México D. F., la novela Siddharta, obra escrita y editada en 1.922 por el escritor suizo Hermann Hesse, y en esta edición leemos en la página 11: Siddharta creció a la sombra de la casa, bajo el sol a la orilla del río, junto a las barcas... Mi mamá Cecilia Filomena nació en Casita de Paja, el 22 de noviembre de 1.922, y yo nací en Villa de Todos los Santos, el domingo a las once de la mañana del 15 de marzo de 1.952, año bisiesto, bajo sombra de la casa que estaba ubicada entre calles 4 y 5, en la carrera 5, que bajo el sol lleva al río Guárico, a donde llegaban canoas, curiaras, bongos, chalanas y barcas; en El picacho recuerdo desde mis seis hasta mis ochos años de edad, ahí no sé cuántas cosas miré y escuché a la sombra de la casa, bajo el sol a la orilla del río Apure, junto a las barcas; bajo la sombra de la casa colgaba mi chinchorro y en las mañanas y en las tardes me acostaba y me mecía y me entretenía mirando los agujeritos del techo de cinc, por donde se filtraban rayitos de luz como goteritas, se formaba un cono desde la lámina de cinc hasta el suelo de tierra y miraba cómo se filtraban y danzaban pequeñas partículas en el aire; eran tantas las cosas que sucedían bajo el sol a la orilla del río y también en las sombras de la noche oscura, si era momentos sin luna o de noche límpida y clarita, si era noche de luna, y también miraba las distintas embarcaciones que subían o bajaban por el río;  yo jugaba en alguno de los patios, me entretenía con cualquiera de las tantas cosas que me distraían: el paso moroso y húmedo de las guaruras, el surgir y zambullir de las toninas, la llegada en el día de las libélulas, con latas vacías de sardinas que convertía en volteos para cargar tierra, y en las noches cómo me alegraba siguiendo con la mirada las lucecitas movedizas de los cocuyos o luciérnagas... A orilla del río frente a la casa miraba el río en sus crecidas o bajadas de aguas, en tiempo de lluvia recuerdo la vez, cuando llovió tanto, que el río se volvió terroso de aguas revueltas y miramos cómo arrastraba cosas y animales muertos patas arriba, estábamos mi papá, mi mamá, mi prima hermana Aleida y yo frente a la casa y miramos cómo el río arrastraba agua abajo una chalana, el forcejeo y halar de la corriente era tan fuerte que reventó los mecates de las amarras y soltó la chalana; mi mamá tenía un altar a Jesucristo, a la Virgen María y a los santos, y cuando empezaban los truenos que retumbaban cómo tambores de gigantes, escuchábamos a mi mamá, mientras recogía la ropa tendida en la cuerda de alambre: Ave María purísima, Santa Bárbara bendita, San Bartolomé, y además cruzaba dos machetes en medio del patio delantero de la casa frente al río...

                                                                    Adelfo Morillo     

 

Cuentos para entretener            5

Mis abuelos maternos que me criaron, Tomás Morillo y Catalina de Morillo, él nació en La Tigra, Estado Guárico, el 25 de diciembre de 1.897 y ella  nació el 11 de marzo de 1.905 en Casita de Paja, Estado Apure; tuvieron dos hijas, Cecilia Filomena, mi mamá, y Rosa Amelia; a ellos los llamo papá y mamá, y también criaron a mi hermano mayor, Rafael Ángel, que nació en Mangas Escoberas, Estado Guárico, el 15 de septiembre de 1.935... Mi mamá Catalina se ocupaba de hacer los distintos oficios de la casa, lavaba la ropa de nosotros, planchaba, cosía, cocinaba, mantenía ordenado el hogar; el piso de la casa era de tierra apisonada, y aun así ella barría con una escoba hecha de esa planta y mantenía aseada la casa por dentro y los patios por los cuatro costados, decía que ser pobre era voluntad de Dios, pero ser aseados era obligación nuestra, y en cuanto a nuestra ropa opinaba que se podía andar con remiendos, pero limpios..., a ella también le alcanzaba el tiempo para sembrar plantas de flores y sobre todo las de aliño, cebollín, culantro, yerbabuena; y no quisiera acordarme de cuando sembró lechugas, y cuando las cosechó de hojas grandes y de verde brillante, se le ocurrió que yo fuera a venderlas, yo que nunca había salido a vender nada, las arrancó, las ordenó limpiecitas en una batea mediana de madera y me la dio, para que saliera a venderlas, a medio cada manojito, me fui, anduve de casa en casa, tocando y llamando de puerta en puerta por las calles de San Fernando de Apure, y nadie compró ni un manojito, regresé y, gracias a Dios, esa fue la única salida en falso de la tal venta; ella cosía a mano hasta liquiliquis y guardaba en una caja grande de cartón los pedazos de tela de diversas texturas y colores y en sus ratos libres, se sentaba a escoger retazos de tela, los cortaba y los iba cosiendo y al final resultaba una sábana multicolor de incontables pedacitos con que luego vestía la cama matrimonial, ahora recuerdo cómo lucía esa sábana tendida sobre la cama; en las noches nos sentábamos afuera en el patio delantero de la casa frente al río, recuerdo la vez cuando era noche de luna clara y redonda, me quedé mirando la luna y me parecía que en la luna se veía a una señora cosiendo o tejiendo, eso dije a mi mamá Catalina, ella me dijo: Sí, es la Virgen María que le está tejiendo unos escarpines al Niño Jesús...

                                                                                       Adelfo Morillo

sábado, 18 de septiembre de 2021

 

Cuentos para entretener            4

Fueron tantos momentos los que pasé en El Picacho, allá en San Fernando de Apure, a orilla del río, hasta 1.960 cuando nos mudamos para mi pueblo natal, Villa de Todos los Santos... Ahí en ese pedazo de suelo apureño, en casa, jugaba, me entretenía, miraba y escuchaba distintas cosas, allá cerca de casa más arriba del río, llegaban y atracaban canoas y bongos cargados de plátanos o de jojotos y los canoeros y bongueros gritaban los precios de esos productos y competían ofreciendo precios más baratos que los otros; también llegaban chalanas, estas eran embarcaciones grandes que cargaban reses, algodón, patillas, tortugas, víveres o solo querosén, la mayoría de tales chalanas tenían camarote y espacio para la cocina, esas chalanas eran hechas de madera, podían cargar hasta 100 reses; ahora cuando voy a San Fernando ya no veo esas chalanas, porque no las hacen; ahora sobre todo suben y bajan por el río bongos cargados de arena que han paleado del fondo del río... Aparte de pasar los días jugando, entreteniéndome con tantas cosas que miraba y escucha, también era el muchacho de los mandados, me gustaba ir a las pulperías y bodegas, porque los dueños que atendían detrás del mostrador, después de hacer la compra me daban la ñapa: cambures, pedazos de queso, caramelos, catalinas; cerca de la casa también estaba un botiquín, El manguito..., local donde había una rockola y vendían cerveza, a veces, mi prima hermana Aleida me daba 1 bolívar y me anotaba en un papelito las canciones, para que el botiquinero las marcara, y hasta nuestra casa llegaba aquellas música y letra de las ansiadas canciones, no recuerdo si eran de música llanera o de rancheras mexicanas... Otras veces me llegaba hasta la curiara de mi papá, la que él dejaba amarrada abajo en la orilla del río frente a la casa, me iba con guaral con su anzuelo y con alguna carnada, lanzaba el guaral y me sentaba en el banco de la curiara a esperar a que algo ajilara, casi siempre sacaba blancos pobres, que llevaba y se los daba a mi mamá, para que los preparara y luego comerlos fritos; cierta vez agarré el blanco pobre que terminaba de pescar y todavía vivo lo coloqué en el anzuelo y lo lancé a varios metros, me senté y al poco rato el guaral se tensó, corría entre y sobre el agua como un celaje, el pez que había mordido debió ser grande, porque del barajuste tan rápido dio un templón que el guaral tensó, sonó muy fuerte y reventó..., me quedé mirando con los ojos claros y sin vista ante mi asombro...

                                                                                       Adelfo Morillo

 

Cuentos para entretener                 3

Los momentos que escribo corresponden a mi memoria de mis seis a ochos años de mi edad, ahí en El Picacho; con mi papá salía cada día a pie o en la curiara, y mientras caminábamos o navegábamos, él con el canalete y yo con la palanca, él me contaba, me aconsejaba y me hablaba de cuando tuvo un trapiche y jugaba caída con cartas españolas y apostaba tercios de panela con un compadre y como casi siempre ganaba, o de cuando cazaba tigres con lanza y con escopeta, sobre todo contaba una y tantas veces de cuando salió a cazar junto con una gente de un campo, donde merodeaba un tigre cebado, habían buscado y coroteado al tigre y no lo hallaban, cuando de repente aparece el tigre delante de él como a veinte metros, la otra gente le grita: ¡el tigre, el tigre..!, y él se terció la escopeta, disparó y cuando llegaron hasta donde estaba el tigre tirado, el plomo le había dado en mitad de la frente, y en ese caserío lo trataron como un fino de una puntería sin par y de alguien que no se apoca de miedo; otras veces me hablaba de alguien que lo enseñó a leer, a escribir y a manejar las operaciones básicas de aritmética; recuerdo que él tenía una caligrafía única de letra redonda, clara y grande y cuando firmaba lo hacía con rúbrica; también me hablaba de cuando asistía a alguna fiesta de campo que duraba tres noches con sus días, él tocaba el arpa y mi mamá bailaba y también las hijas, Cecilia Filomena y Amelia; cuando ya yo fui adulto, casado y con hijos, mi mamá Cecilia Filomena me contaba que se les hinchaban las piernas de tanto bailar y para reponerlas se echaban de sus orines y las friccionaban, para poder seguir bailando, porque les gustaba bailar más que comer jojotos asados; pero también me contaba mi mamá que mi papá tocaba y tocaba el arpa, pero asimismo mantenía de un todo los cuidados de la casa; que ni parecido a un hombre ya viejo de nombre Nazario, al que la gente le decía Nazarito, porque era bajito y flaquito, el cual tenía mujer y varios hijos, y tocaba el arpa y cuando los niños lloraban, porque tenían hambre, él agarraba el arpa y tocaba y tocaba hasta que los niños se dormían y así una y otra vez y así los niños fueron muriendo y la mujer se fue, pero Nazario no dejó de tocar el arpa y cuando la gente lo miraba, lo saludaba y le preguntaba: ¿Por qué está tan flaco, don Nazario..? Y él respondía con su vocecita estreñida: La música, la música...

                                                                        Adelfo Morillo   

jueves, 16 de septiembre de 2021

 

Cuentos para entretener          2

Quizás uno de mis más antiguos recuerdos sea el de aquella mañana del 23 de enero de 1.958, cuando nos enteramos de que el dictador Marcos Pérez Jiménez había huido en una avioneta que salió en esa madrugada del aeropuerto de La Carlota en Caracas; mi papá me dijo: Vamos a comprar el pregonero..., así decía él para nombrar el periódico, y el que él leía, Últimas Noticias; al rato de caminar llegamos a las calles céntricas de San Fernando de Apure, recuerdo que los pipotes de basura estaban volteados sobre las aceras y las calles macadinazadas... Ese mismo año tuve conciencia de que ellos eran mis abuelos, Tomás Morillo y Catalina de Morillo, hasta entonces creía que eran mis padres; me dijeron ellos, mis abuelos maternos de crianza, que mi mamá era Cecilia Filomena, que me había dado a ellos desde una semana de mi nacimiento en la Villa de Todos los Santos, y que era la modista, que visitábamos en la calle Muñoz, número 99, ahí en San Fernando... La casa donde vivíamos la había construido mi papá, a orillas del río Apure, ahí en donde llamaban El Picacho, hecha de cañabrava embarrada y embostada, con techo de cinc, con patio por los cuatro lados, cercados con empalizadas con alambres de púas y gallinero, al frente mi papá levantó una enramada, sobre ella estaba una mata de parcha, y debajo había fijado la mesa de carpintería y de trabajos de ribera, relacionados con bongos y chalanas; a veces construía curiaras o canoas, acondicionaba bongos y chalanas, haciendo curvas, cepillando tablas, fijándolas, calafateando... Cuando era tiempo de lluvias, el Apure crecía y algunas veces se colaba hasta el patio delantero de la casa, me gustaba bañarme ahí con la lluvia y chapotear el agua de río y de lluvia; cuando empezaban a bajar las aguas, mi papá pescaba ahí mismo frente a la casa, lanzaba los guarales, rezaba a la Virgen y a San Rafael, para que ajilara buena pesca, y según el caso pescaba morocotos, cachamas, bagres o dorados, también bancopobres, algunas noches dejaba los guarales tirados en el río y cuando los revisaba en la mañana, encontraba alguna presa o solo el peine de cabeza y espinazo, porque los caribes se habían dado gusto...  En tiempos de ribazón, sobre todo de coporos, solo salíamos hasta la mitad del río con la curiara, él la atravesaba y los coporos chocaban contra la canoa, saltaban y caían en el plan de la curiara, semejaba una danza plateada en el aire y en las aguas de la curiara...

               Adelfo Morillo

miércoles, 15 de septiembre de 2021

 

Cuentos para entretener          1

De este lado del río Apure está el Estado Guárico, del otro lado está el Estado Apure, se pasa de un lado a otro sobre el puente María Nieves, nombre del cabestrero que aparece en la novela Doña Bárbara, escrita por Rómulo Gallegos, desde su primera edición de 1.929, también se pasa en curiara, canoa o en bongo, o a nado, cuando vivíamos en El Picacho, a orilla del Apure, una tarde temprano a pleno sol miramos cuando un hombre se lanzó del lado de Puerto Miranda, el río estaba en plena creciente, el hombre nadaba y zambullía y al rato salió en la orilla de acá frente a nuestra casa, yo tenía seis años de edad para ese entonces; ahora cuando escribo estas líneas  a los sesenta y nueve años bajo techo en casa, no lejos del río Guárico, en Misión de Arriba de Nuestra Señora de los Ángeles, en calle ciega, y en el tiempo que aquí llevamos, he ido sembrando árboles, arbustos y plantas medicinales: yagrumos, chaparros, guácimos, moringas, nonis, jobos, ciruelos, mangos, anís, limoneros, sangrías; también plantas frutales: guanábanos, riñones, maniritos, cocoteros, naranjos, mereyes o marañones; y asimismo plantas florales: ixoras, bouqués de novia, azahares, jazmines, rosas de Madagascar, flores del desierto. Si hay que ir hacia el Apure o de Apure hacia esta Villa de Todos los Santosd se cruza la sabana por carretera, de lado y lado se va pasando distintas especies de flora silvestre: palmas, salados, chaparros, masaguaros, lirios sabaneros, borales, espinitos, y diversa fauna: galápagos, iguanas, culebras de agua, chigüires, osos palmeros, zamuros, garzas blancas y corocoras, cotúas, guacamayas, zorros, gatos monteses, loros, pericos, babas, gavilanes, ganado vacuno, bufalino, burros, yeguas, caballos, y también de lado y lado de la vía hay quebradas, caños, madreviejas, lagunas, esteros, hatos y casas y gentes de llano: llaneros y llaneras, y según la temporada de sequía o de lluvias: sol, resolanas, solazos, espejismos que reverberan en el aire o lloviznas, lluvias, relámpagos, truenos, aguaceros y chubascos...

                                                                                       Adelfo Morillo

miércoles, 1 de septiembre de 2021

 

Por un benigno cambio climático

En la página 208 de la novela, Inés del alma mía..., que cuenta historias de Santiago de la Nueva Extremadura de Chile, escrita por Isabel Allende, editada por Editorial Sudamericana, leemos el canto que prodigan los hombres águilas,  de la nación mapuche, en lengua mapudunga. a la Madre Tierra:   A ti. Tierra, Madre de la Gente, te saludamos. Tierra y Gente son inseparables. Cada cosa que le ocurre a la Tierra, le ocurre también a la Gente. Madre Tierra, te rogamos que nos des el alimento que nos sustenta, te rogamos que no nos mandes mucha lluvia, porque se pudren las semillas y el abrigo, y, por favor, no hagas temblar el suelo ni  hagas escupir a los volcanes, porque se pasma el ganado y se asustan los niños...

             Adelfo Morillo

viernes, 25 de junio de 2021

 

Letras para honrar la hazaña heroica del 24 de junio de 1.821

Somos sinceros, cuando honramos cada día a hombres y mujeres que hasta ahora han hecho patria para la libertad, para la independencia y para la soberanía de nuestra nación: diecinueve de abril de 1.810, 5 de julio de 1.811,15 de febrero de 1.819, 24 de junio de 1.821; en esa mañana del 24 de junio de 1.821, en la llanura de Carabobo hubo bravura de hombres y mujeres para pelear y alcanzar la libertad política para Venezuela... Y hoy 24 de junio de 2.021 ojeo y ojeo el libro del poeta, guayabalero, villatodosantino y nacional,  Luis Barrios Cruz Cien años después... Y del penúltimo poemario la Sombra del avión..., editado por Luis Barrios Cruz, me hallo unas líneas dedicadas al llanero y por extensión también las ofrendo a la llanera, y solo leamos a Luis Barrios Cruz

Así me gusta contemplar tu facha / grave y antigua del llanero cierto. / Lo soy también, y me conozco, amigo. / Dame la mano. /         Dura la tienes por la soga en vuelo / y por las crines al domar el potro / y por el fuego en la gentil coleada / del toro insigne. /         Así me gusta contemplar tu suerte / sembrado en tierra de la linda historia. / Hombro con hombro caminemos juntos. / Di, tú, el camino...       

Adelfo Morillo

sábado, 19 de junio de 2021

 

A doscientos años de la gesta heroica de Carabobo, hazaña indeleble en nuestra memoria de identidad y querencia por nuestra nación libre y soberana para la paz

Autobiografía del general José Antonio Páez. Volumen I. Editorial Bedout S. A. Reproducción facsimilar de la edición original existente en la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos de América, Washington, D.C.              A partir de la página 205, así nos va contando y describiendo nuestro héroe José Antonio Páez los sucesos de aquella mañana en la llanura de Carabobo, hazaña indeleble en nuestra memoria de identidad y querencia por nuestra nación libre y soberana para la paz: ... había el enemigo concentrado sus fuerzas en Carabobo y desde allí destacaba sus avanzadas en descubierto hasta el Tinaquillo. Envíase contra ellos al teniente coronel José Laurencio Silva, que logra hacerlos prisioneros, después de un encuentro en que muere el comandante español. Entonces el enemigo juzga prudente retirar un destacamento que tiene en las alturas de Buenavista; y ocupado desde luego por el ejército patriota, desde allí observamos que el enemigo se está preparando para impedir el descenso a la llanura. La primera división, a mi mando, se compone del batallón Británico, del Bravo de Apure y mil quinientos caballos. La segunda, de una brigada de la Guardia de Honor, los batallones tiradores, el escuadrón Sagrado al mando del impertérrito Francisco Aramendi, y los batallones Boyacá y Vargas. El general Manuel Cedeño, a quien Simón Bolívar llama el bravo de los bravos, es el jefe de esta segunda división. La tercera, a las órdenes del intrépido coronel Ambrosio Plaza, se compone de la primera brigada de la Guardia de Honor, con los batallones Rifles, Granaderos, Vencedor de Boyacá, Anzoátegui y un regimiento de caballería al mando del valiente coronel Juan José Rondón... Jefes, oficiales y soldados comprenden toda la importancia que va a dar una victoria que todos reputan de decisiva... El ejército español que aguarda se compone de la flor de las tropas expedicionarias... Seguimos la marcha llenos de entusiasmo, con ánimo de salir a la llanura por la boca del desfiladero en que terminaba la senda; pero como vemos ocupadas sus alturas por los regimientos Valencey y Barbastro, giramos hacia el flanco izquierdo con objeto de doblar la derecha del enemigo: movimiento que ejecutamos, a pesar del nutrido fuego de su artillería... Deja el general español Miguel de la Torre los dos regimientos, antes citados, sale a disputarnos con el resto del ejército el descenso al valle, para lo cual ocupa una pequeña eminencia que se elevaba a poca distancia del punto por donde nos proponemos entrar en el llano, que es la Pica de la Mona, conducidos por un práctico que Bolívar ha tomado en Tinaquillo. El batallón Bravo de Apure resiste los fuegos de la infantería enemiga, al bajar al monte, atraviesa un riachuelo y mantiene el fuego hasta que llega la Legión Británica al mando de su bizarro coronel Thomas Farriar. Estos valientes están sin cejar un punto sufriendo las descargas enemigas hasta formarse en línea de batalla. Continúase la pelea, y viendo que ya están escasos de cartuchos, les mando cargar a la bayoneta. Entonces, ellos, el batallón Bravo de Apure y dos compañías de tiradores, mandados por el heroico comandante José Rafael de las Heras, obligan al fin al enemigo a abandonar la eminencia y tomar nuevas posiciones en otra inmediata que se halla a la espalda. De allí envía contra nuestra izquierda su caballería y el batallón de la Reina, a cuyo recibo mando yo al coronel Miguel Antonio Vásquez con  el estado mayor y una compañía de la Guardia de Honor, mandada por el capitán Juan Ángel Bravo, que logran rechazarlos y continúa batiéndose contra la caballería enemiga por su espalda. Este oficial, Bravo, lucha con tal bravura que se ven después en su uniforme las señales de catorce lanzazos que ha recibido en el encuentro, sin que fuese herido, lo que hace decir al Libertador que merece un uniforme de oro... Los batallones realistas Valencey y Barbastro ven que el resto de su ejército va perdiendo terreno, tienen que abandonar su posición para reunirse con el grueso del ejército. Corro yo a intimarles rendición, acompañado del coronel Ambrosio Plaza que ha dejado su división y se ha reunido conmigo, deseoso de tomar parte personalmente en la refriega. Durante la carga, una bala hiere mortalmente a tan valiente oficial que allí termina sus servicios a la patria... Reforzado yo con trescientos hombres de caballería, que salen por el camino real, cargo con ellos a Barbastro y tiene que rendir armas; en seguida fuimos sobre Valencey que va poco distante de aquel otro regimiento, se apoya en la quebrada de Carabobo, resiste la carga que le damos. En esta ocasión estoy a pique de no sobrevivir, pues siendo acometido repentinamente de aquel terrible ataque que me priva del sentido, me quedo en el ardor de la carga entre un tropel de enemigos, y tal vez hubiera sido muerto, si el comandante Antonio Martínez, de la caballería del realista Tomás Morales, no me hubiera sacado de aquel lugar. Toma él las riendas de mi caballo y montando en las ancas de este a un teniente de los patriotas llamado Alejandro Salazar, alias Guadalupe, para sostenerme sobre la silla, ambos me ponen a salvo entre los míos... Al mismo tiempo el valiente general Manuel Cedeño, inconsolable por no haber podido entrar en acción con las tropas de su mando, avanza con un piquete de caballería, hasta un cuarto de milla más allá de la quebrada, alcanza al enemigo, y al cargarlo cae muerto de un balazo. A tiempo que yo recobro el sentido, se me reunió Bolívar, y en medio de vítores me ofreció en nombre del Congreso el grado de general en jefe... Tal fue la gloriosa jornada de Carabobo... Bolívar en su proclama dijo que ella había confirmado el nacimiento político para la independencia de Colombia... Varios fueron heridos, de entre ellos, el comandante portugués, José de Lima. El coronel Julián Mellado cae muerto en la quebrada de Barrera, así como el teniente José María de Olivera, otros oficiales de mi estado mayor que mueren en esta memorable acción: coronel Ignacio Meleán, Manuel Arraiz, capitán Juan Bruno, teniente Pedro Camejo, alias el Negro Primero y teniente Nicolás Arias...      (Ortografía actualizada por Adelfo Morillo)      

domingo, 6 de junio de 2021

 

Cuando llega el amor

 

Cuando llega el amor,

amor, amor,

cuando llega el amor...

 

Cuando llega el amor

no sé decir lo que siento,

cómo te siento, cómo me siento,

cuando llega el amor,

amor, amor...

 

Florecen los niños,

sonríen las plantas,

cantan los ríos,

son buenas las almas,

cuando llega el amor,

amor, amor,

no sé decir lo que siento,

cómo te siento, cómo me siento,

tu mirada, tu voz, tu andar,

amor, amor...

Cuando llega el amor,

amor, amor,

cuando llega el amor... 

Adelfo Morillo