martes, 29 de noviembre de 2016

El canoero



El canoero

El canoero va agua arriba o agua abajo,
cuando va agua abajo,
va cantando bajito a luces y sombras,
canaletea y canta,
piensa viejas memorias, ingratas y gratas,
piensa y canta con mirada lejana,
no descuida el rumbo,
mira a cada parte,
mira el aguaje de los peces;
el canoero es hombre de tantos soles a cuestas,
anda con piel brillosa de soles y chubascos,
va enhebrando recuerdos,
quizás recuerda de cómo le gusta tocar arpa,
entre cantadores y bellas mujeres,
perfila una sonrisa de ilusión;
el canoero ahora va agua abajo,
canta bajito y contento,
casi conversa con la canoa amiga,
casi dibuja una lágrima de nostalgias;
el canoero es hombre sin miedo,
conoce todos los atajos de los esteros
y otros tantos los imagina y se adentra,
lleva arco iris en el horizonte,
con estela de manatíes o celajes de chigüires;
en la distancia miro al canoero,
se me ha quedado en una imagen del tiempo;
el canoero es mi papá,
él gobierna la canoa con el canalete
y yo soy el que empuja con la palanca,
él todavía me habla de tantas cosas,
me habla de parrandas y copleros,
me dice nombres de bellas mujeres;
vamos cerca de la orilla, agua abajo,
él sigue cantando bajito
y me mira con alegre sonrisa.

                                                    Adelfo Morillo


La Bendición



La Bendición

Cuando llegamos a La Bendición
era tiempo de sequía,
los altos barrancos a ambas orillas del río
fue para mí un golpe de ojo de asombro;
nos bajamos de la falca,
entramos a la casa de mi tía Eladia,
una gran patilla sobre la mesa de la sala
fue otro golpe de ojo de anticipado gusto;
mi papá no estaba,
no había llegado de donde trabajaba,
cerca de ahí hacía una casa;
ratico después alguien en el patio alzó una bandera
y la ondeaba de lado a lado,
así avisaban a los que estaban en la vega,
al frente del otro lado del río,
que era el momento del almuerzo.
En ese entonces era tiempo de la cosecha del algodón,
desde la casa de mi tía Eladia,
las motas de algodón semejaban nubecitas muy blancas,
sobre el verde follaje de los algodonales.
En la noche refulgía la luna llena,
bajo su inmensa estela de luz
pasamos el río en canoa,
íbamos mi papá Tomás, su sobrino Tomasito y yo,
también era de patillas,
mi papá las palpaba por debajo,
no sé cómo sabía elegirlas,
cuando arrancaba una,
la rompía contra el suelo,
y así arrancó varias más,
a cada una le arrancábamos con las manos el corazón,
el resto de la patilla lo lanzábamos al río.
Al día siguiente cosechamos algodón,
la paga era un real por cada saco lleno,
al final de la tarde yo solía había llenado un saco,
y con esa ganancia de un real
compré en la bodega una catalina, queso blanco y una malta;
desde ese entonces,
de cuanto tenía seis años,
nunca más he ido a La Bendición,
no tengo idea de cómo es ahora,
sí quisiera ir en algún momento a La Bendición.

                                                                             Adelfo Morillo 




Recuerdos



Recuerdos

Recuerdo aquella mañana,
cuando salimos de El Picacho,
de allá en San Fernando de Apure,
salimos, mi abuela materna, mi mamá de crianza,
María Catalina eran sus nombres,
salimos en la falca La Niña,
conducida por su dueño, mi padrino Luis Castillo,
salimos rumbo a La Bendición,
donde estaba trabajando mi abuelo materno,
mi papá de crianza, Tomás Morillo;
yo tenía seis años
y me entretenía mirando el paisaje,
con las babas tendidas a orillas del río,
con sus fauces abiertas,
como si durmieran,
con los galápagos en su asoleo
y con las cotúas, garzas, guacamayas y culebras
y con el agua del río que salpicaba;
anduvimos agua abajo entre parajes y riberas
y poco después de mediodía llegamos a La Bendición,
muy cerca queda Casita de Paja;
las casas estaban a tiro de piedra del río;
un día caminamos mi mamá y yo,
caminamos desde La Bendición hasta Casite de Paja,
y ese mismo día estuvimos de regreso;
recuerdo que esos campos eran vegas o corrales de ganado,
algodonales, vegas de patillas, platanales
y sabanas abiertas hasta donde la mirada alcanza;
         recuerdos que me vienen de aquellos días en La Bendición
y de ese viaje de ida y vuelta en la falca.
                                                                         Adelfo Morillo



Joven mujer



Joven mujer

Después de una vigilia,
muy temprano de mañana,
anduve con una joven mujer,
mira con atisbos de gacela,
en sus ojos lleva cadencias de albahaca,
anda la vida con silencios de piscis,
con perfumes de febrero,
camina azules prestancias
que escucho en mi memoria,
ella no sabe que canta en estas notas,
ella no sabe que en estas líneas la sueño,
solo yo sé que ahora escribo para ella,
para que no la venzan los quebrantos,
para que deje ir las tristezas;
para mí es hermosa y nada más,
sé que es real
y existe en mi alegría,
me recuerda que puedo soñar
y no me rindo nunca jamás;
está viva,
existe para mi alegría y mi paz.
Después de una vigilia,
muy temprano de mañana,
me encontré con esa joven mujer,
me llenó de contento,
quisiera ser su único dueño,
que se me ofrezca
y me alegre, esta joven mujer,
que me mire con atisbos de gacela,
con sus ojos con cadencias de albahaca,
yo la sueño,
me sonrío en mi recuerdo,
me encumbro a las nubes,
me dejo llevar en vuelo de pájaros,
me vuelvo lluvia en los ojazos de esa joven mujer,
me vuelvo sueño en sus atisbos de gacela,
ella no lo sabe,
solo yo vuelvo a su encuentro
en mis horas quietas, en mi silencio,
me sumerjo en sus perfumes de joven mujer.

                                                                Adelfo Morillo


El amor a la vida y a la bondad



El amor a la vida y a la bondad

Frente a mi casa,
del otro lado de la calle,
ahí en ese jardín hay rosas rojas
y con sus colores me alegro
y me detengo a pensar,
y el verde del olivo me recuerda
que los evangelistas hablan de Jesús,
de sus oraciones en el monte de los olivos;
y pienso en los pobres,
si cada familia pobre tuviera techo propio,
qué bueno sería,
si los pobres que son mayoría,
tuvieran el pan de cada día,
qué bueno sería;
viviéramos en el reino de Dios,
como dijo Jesús.
Frente a mi casa,
del otro lado de la calle,
ahí en ese patio florece un araguaney de jardín,
y con sus oros me alegro
y me detengo a pensar,
si los hombres y mujeres fuéramos menos y más,
si fuéramos menos egoístas,
si fuéramos menos vanidosos,
si fuéramos menos mentirosos;
si los hombres y mujeres fuéramos más y menos,
si fuéramos más comunitarios,
si fuéramos más auténticos,
si fuéramos más dados a la bondad,
si fuéramos más portadores de la verdad;
si cada ser humano pobre o rico,
dejara de contaminar a este planeta
que cada día tanto asfixiamos
y que nos puede asfixiar,
este planeta ya no aguanta más,
casi lo vamos a reventar
y nos puede reventar.
En el patio de mi casa,
de este lado de acá,
me alegro,
cuando dejo de pensar en tantas cosas tristes
que nos hace lamentar y llorar;
y cuando sé
que triunfarán el amor a la vida y a la bondad.

                                                        Adelfo Morillo   


Hermosa mujer



Hermosa mujer

Pasa inexorable el tiempo
y el pasado se nos vuelve solo un recuerdo;
dejemos los ingratos momentos en el olvido,
revivamos una vez y tantas veces más los gratos momentos;
yo me acuerdo de las lindas muchachas 
de cuando éramos estudiantes
y más luego de tantas hermosas mujeres
que me regalan sonrisas o amables miradas;
de otras hermosas mujeres aun llevo sus perfumes en mi piel,
de aquellas que me han regalado su compañía
y me han dado su placentera cercanía,
mientras escuchábamos distintas canciones,
a cielo abierto o en espacios cerrados,
y cómo repetíamos algunas de esas canciones,
y nos mirábamos
y cada cual andaba por sus propios vuelos;
ellas son mis musas, esas hermosas mujeres,
ellas sobrevuelan las líneas de mis poesías,
esas hermosas mujeres son letra y música de mis madrigales;
alguna hermosa mujer a veces me depara tristeza,
mas su hermosura está por encima de la más dura tristeza;
para mí la hermosura anda en cadencias de mujer,
y mientras escribo, el tiempo pasa,
el tiempo pasa frente a mí
en recuerdos con formas de alguna hermosa mujer;
momento tras momento sumamos recuerdos;
el presente es tan efímero,
el futuro lo tenemos en la punta de la nariz,
y el dulce tiempo solo lo detengo,
cuando me quedo en los encantos de alguna hermosa mujer.

                                                                            Adelfo Morillo