martes, 29 de enero de 2013


El túnel en el Museo de la Ciudad

     Cierta mañana llegué hasta el Museo de la Ciudad, y se dio un momento cuando me quedé solo, y de pronto me llamó la atención el túnel que está en el salón de entrada, a la vista de todo visitante… Aproveché la circunstancia y bajé hasta el túnel y a gatas anduve hasta donde pude llegar, me detuve donde  ya la oscuridad y la falta de oxígeno me impidieron continuar, mas en una parte del recorrido me encontré una cajita, la guardé en uno de los bolsillos del pantalón… Después de descansar un rato, hice la ruta de regreso, cuando llegué a la boca del túnel, me cercioré de que no había nadie, y salí, caminé hasta la plaza Páez y ahí, todo sudoroso y sucio, me senté en uno de los bancos… Me llegaron ideas de cosas sabidas, como que todo ese trabajo de excavación del túnel, solo pudo ser hecho por mano esclava… No olvidemos que Calabozo fue un pueblo de españoles, que vivió la economía y política de la Colonia, y por consiguiente todas esas casas coloniales, habitadas por españoles y sus descendientes criollos, también poseen su túnel de refugio o de escape… También recordemos que esta ciudad vivió la guerra de independencia y demás guerras y revoluciones armadas que se libraron en nuestro país, estas cosas y otras más pensaba, mientras la gente pasaba, sonreía o saludaba…
     Cuando estuve dispuesto, saqué la cajita, la abrí y ahí estaba un escapulario con la imagen de la Virgen del Carmen, una lupa y un diario con una fotografía de una mujer muy linda. Empecé a hojear y a leer, y en una de sus páginas decía: “15 de marzo de 1818… Yo, Ana de Mújica, tomé esta vía de escape, tres días después de la batalla librada aquí en Calabozo. Mi esposo era un oficial que luchó y murió en ese combate, defendiendo la causa de la libertad… Mi esposo me dio bienestar, me amó, lo amé y lo amo. A pesar de que salimos vencedores, decidí desaparecer para ir a vivir donde nadie me conozca, pero confío en que al final la libertad y la paz reinarán en nuestro país. Creo en Dios, y a Él encomiendo nuestra causa de libertad y justicia… Aquí en Calabozo viví dichosa junto a mi esposo, conversábamos, hacíamos vida ciudadana, leíamos, compartíamos, íbamos a conciertos de música y a recitales poéticos…”

lunes, 28 de enero de 2013


Tomás Morillo

     Era mi abuelo materno, me crió junto a mi abuela, Catalina Morillo; yo los llamaba papá y mamá… Él nació en La Tigra, a finales del siglo 19, nos contaba que él desde niño fue creciendo y aprendiendo los oficios de cazar, pescar, sembrar, cosechar, pero igual fue aprendiendo otras tantas labores urgido por la necesidad, o por su propio interés para aprenderlas y desempeñarlas… Yo recuerdo que él trabajaba carpintería, albañilería, realizaba oficios de ribera (hacer canoas, bongos, falcas, reparar chalanas), también hacía trompos y zarandas, curaba tabaco, con machete y hacha tumbaba rozas, navegaba en curiara, tuvo trapiche y quesera, ordeñaba, castraba matajeyes y colmenas, y además de estas faenas aprendió a tocar arpa… No lo olvido, porque cuando yo era muchacho, él iba conmigo al monte a buscar madera para horcones, canoas, o para hacerme los trompos, me enseñó a bailarlos y a tomarlos bailando en la mano, también quiso que yo aprendiera a tocar arpa, pero no logré aprender, me contaba tantos cuentos, me llevaba para todas partes a visitar familiares o sus conocidos, andábamos a pie o en canoa, cuando navegábamos el Apure, él canaleteaba y yo palanqueaba, algunas veces salíamos de mañanita a tumbar rozas y llevábamos de bastimento frutas o pan, catalina y queso blanco de cincho, anduvimos en chalana cargada de ganado, patillas, tortugas, víveres o de algodón… Cuando caminábamos o andábamos embarcados me contó no sé cuántos cuentos, y siempre concluía cada cuento reafirmándome la idea de que las personas pueden nacer y vivir pobres, pero que sobre todo se debe ser honrado… Él se fue físicamente de nuestro lado, y vivo haciendo todo lo que sé con honradez, por mí y por todos los recuerdos que de él perduran conmigo…

domingo, 27 de enero de 2013


Ernesto Luis Rodríguez       

      Ernesto Luis Rodríguez nació en Zaraza (1916) para ser poeta de límpido estro, vamos a leer y a festejar distintas emociones en este singular florilegio: 
                                                                                                                          
      Vamos… Vamos a izar el viaje. / El corazón nos guía… / Zarparemos cantando / con la luz de la vida. / Y para que vayamos / con la ternura limpia, / dejemos en el puerto / la palabra injusticia /… Caballito…Caballito del aire, / ¡qué buen caballo / para correr alegres / por el espacio! / Con jinete de aroma / va por el campo / y se llena los ojos / de cielo claro. / Lleva crin de luceros, / ¡azul el casco! / ¡Míralo cómo sube / pidiendo paso! / Trota por la llanura / sonoro y guapo / y se lleva en las ancas / al arrendajo. / Baja del arco-iris / ¡galope largo! / para beber colores / en cada charco./ Sube por la montaña / como un penacho / y relincha fragancias / en el barranco. / Con espuelas de olas / en el costado / por los mares quisiera / volverse barco. / Caballito del aire, / ¡qué buen caballo / para correr alegres / por el espacio! /… La palmera… Cuando / el día / pasa lista / en su / fúlgido plantel, / la palmera / es la primera / que se pone / de pie. /… El arco-iris… El arco-iris / es una caja / de creyones / abierta / que la lluvia / dejó olvidada / en el pupitre / del horizonte. /… La naranja… La naranja / es un mundo / diminuto / y fiel: / de aroma, / de oro, / de miel. /… La manzana… La manzana / es una isla / rodeada de aromas / por todas partes. /… La mariposa  La mariposa, / rauda y preciosa, / sube señera / como bandera / primaveral / que el día de fiesta / de la floresta / la brisa / iza sobre el rosal. /…El cigarrón… El cigarrón / es un carbón / que estudia / en el aire / sobre la flor / y quiere / graduarse / de avión. /… El colibrí… El colibrí / es / real y medio / de pájaro / que la mañana / le vende / al jardín. /… La garza… La garza / es una tiza / grande / que pasó de grado / y fue ascendida / al pizarrón / del cielo. /… Tertulia… La hormiga buena / dijo al bachaco: / -vivo contenta / con mi trabajo. / El perro grande / le dijo al gato: / -somos amigos, / dame la mano. / El aire puro / dijo al barranco: / -a mí me gusta / correr descalzo. / La guacharaca / dijo gritando: / -yo sé la historia / del vecindario. / -No tengo rumbos / -hablaba el charco-,  / pero de estrellas / soy millonario. / Dijo el lucero: / -vivo muy alto, / pero me han visto / sobre el remanso. / -Yo soy humilde / -dijo el gusano-, / amo la gloria / de ser honrado. / -Sobre la tierra / -dijo el arado- / de espigas altas / te haré un regalo. / Y la mañana / de cielo claro / hacia el futuro / sigue cantando. /… Recreo… Obtuve en clases excelente nota. / Y en el recreo, que jamás olvido, / con su palabra me llenó el oído / de casto arrullo y de canción remota. / -¡Quiero aquell nido! – murmuró, devota / de los pichones. Y al coger el nido, / yo descendí con el costado herido, / teñida en sangre la camisa rota. / Mi padre luego me cobró el alarde. / Mas, no lloré ni me sentí cobarde / cuando severo castigó mis piernas. / Y por la noche, con el sueño ido. / A Dios pedí que se volviera un nido / mi corazón para sus manos tiernas.
     La garza… Jazmín con alas. Voladora estela. / Del horizonte la floral sonrisa. / Novia del aire por el aire a prisa / y en el mar celeste diminuta vela. / El sol la dora y el palmar la cela. / Tras ella espiga su rumor la brisa. / Incienso y hostia de la tarde en misa. / Ternura errante de rosal que vuela. / Desnuda y bella, transparente y sola. / Tallo de nieve con raíz de ola. / Fina apariencia de sutil piragua. / ¡Y quieta finge en el fluvial recodo, / ramo de espumas florecido todo / sobre el liviano corazón del agua!”

     En el soneto dedicado por el poeta zaraceño Ernesto Luis Rodríguez a La garza disfrutamos un haz de metáforas referidas a dicha ave… Jazmín con alas… En dos palabras nos abstrae en dos ideas, una vegetal y otra animal, una flor perfumada y una ave de arrobos en un solo acto de vida y de poesía… Voladora estela… La huella en la tierra o en las aguas, o la estrella en pleno vuelo, la fugacidad de las cosas humanas o la ingravidez en los aires…; floral sonrisa… Un signo de contento en la silueta del ave, posada en medio de la sabana, o en pleno vuelo paralelo con el horizonte… Novia del aire… El signo del compromiso de amor entre los hombres y mujeres por siempre, en la forma de soñar tiempos rosa, cuando se prometen mutuamente tantas cosas, y a veces solo se vuelven palabras en el aire…; diminuta vela… Una imagen de pequeñez en la inmensidad del mar, como minúsculos somos frente al Universo infinito…; incienso y hostia… Aquí nos trasladamos a los actos de fe, que nos hace creyentes de todo lo existente, y por lo cual debemos festejar las alegrías y comprender las tristezas, son cánticos de alabanza y de acción de gracias, y momentos de comunión en silencio con Dios…; rosal que vuela… Vuelve el poeta Ernesto Luís Rodríguez a la conjunción de flora y fauna, y nos dejamos llevar con el aroma de la flor en alas de armiño y luz… Tallo de nieveraíz de ola… Dos metáforas que nos dejan sentir la firmeza de la madera y la blancura de la nieve, y también nos da la sensación del arraigo con la transparencia cristalina del agua de manantial…; sutil piragua… Con esta metáfora el poeta nos lleva a navegar con la garza, sobre los ríos, entre barrancos, frente a las vegas y los sembrados…; ramo de espumas… Es la garza, punto blanco en el infinito, eterna estampa cual lluvia, fragancia, vuelo y quietud en el silencio del paisaje.


Alberto Arvelo Torrealba

Florentino y El Diablo

El Reto
     
                                                       “Soplo de quema el suspiro,
                                                        paso llano el palafrén,
                                                        mirada y rumbo el coplero
                                                        pone para su caney,
                                                        cuando con trote sombrío
                                                        oye un jinete tras él.

                                                         Negra se le ve la manta,
                                                         negro el caballo también;
                                                         bajo el negro pelo ‘e guama
                                                         la cara no se le ve.
                                                         Pasa cantando una copla
                                                         sin la mirada volver:
              
                                                         -Amigo, por si se atreve,
                                                         aguárdeme en Santa Inés,
                                                         que yo lo voy a buscar           
                                                         para cantar con usté.

                                                         Florentino taciturno
                                                         coge el banco de través.
                                                         Puntero en la soledad
                                                         que enlutan llamas de ayer,
                                                         parece que va soñando
                                                         con la sabana en la sien.
                                                         En un verso largo y hondo
                                                         se le estira el tono fiel:
                                                         
                                                        -Sabana, sabana, tierra
                                                         que hace sudar y querer,
                                                         parada con tanto rumbo,
                                                         con agua y muerta de sed,
                                                         una con mi alma en lo sola,
                                                         una con Dios en la fe;
                                                         sobre tu pecho desnudo
                                                         yo me paro a responder:
                                                         Sepa el cantador sombrío
                                                         que yo cumplo con mi ley
                                                         y como canté con todos,
                                                         tengo que cantar con él.

La Porfía
                                                        
                                                          Florentino está silbando
                                                          sones de añeja bravura
                                                          y su diestra echa a volar
                                                          ansias que pisa la zurda,
                                                          cuando el indio pico de oro
                                                          con su canto lo saluda.

El Diablo

                                                           Capitán de la Tiniebla
                                                           es quien lo viene a buscar.

Florentino

                                                             Es quien lo viene a buscar.
                                                             Mucho gusto en conocerlo
                                                             tengo señor Satanás.
                                                             Zamuros de la Barrosa,
                                                             salgan del Alcornocal
                                                             que al Diablo lo cogió el día
                                                             queriéndome atropellar.
                                                             Sácame de aquí con Dios,
                                                             Virgen de la Soledá,
                                                             Virgen del Carmen bendita,
                                                             sagrada Virgen del Real,
                                                             tierna Virgen del Socorro,
                                                             dulce Virgen de la Paz,
                                                             Virgen de la Coromoto,
                                                             Virgen de Chiquinquirá,
                                                             piadosa Virgen del Valle,
                                                             santa Virgen del Pilar,
                                                             Fiel Madre de los Dolores,
                                                             dame el fulgor que tú das,
                                                             ¡San Miguel! Dame tu escudo,
                                                             tu rejón y tu puñal,
                                                             Niño de Atocha bendito,
                                                             Santísima Trinidá.”

     Alberto Arvelo Torrealba nació en Barinas (1905), y de su producción en prosa y en verso, destacamos esta leyenda tejida de superstición llanera, lo que él recogió de las creencias, costumbres, del pensar y sentir de las gentes de estas tierras anchas y tendidas, fue a la tradición oral, a las cosas contadas de abuelos a padres y de padres a hijos, a todo esto también se le llama folclore… El poema Florentino y El Diablo comienza con el reto que le hace el Diablo a Florentino, luego sigue el encuentro entre estos dos copleros para comenzar la porfía, el mano a mano, el careo, donde se valen de versos octosílabos, ese verso que mide la exacta capacidad de aire cuando hablamos en lo cotidiano, y para los cantadores, copleros, y en este caso a estos dos contrapuntreadores les da la justa medida, para pensar e improvisar afirmándose en el último pie que canta el contendor… Si leemos en voz alta, nos damos cuenta de que creamos música natural, que va despidiendo saberes, claroscuros, temores, creencias, dolores o lances de amores…

sábado, 26 de enero de 2013


Rómulo Gallegos

     La primera edición de la novela Doña Bárbara fue publicada en Madrid, España, por la editorial Araluce en el año 1929: veinticinco años después, el Fondo de Cultura Económica publica una edición de esta novela, y le solicita a Rómulo Gallegos, que escriba un prólogo alusivo a la trama y a la forma de la obra, y al respecto dice el autor: …”fui yo quien tuvo que ir a los llanos de Apure, por primera vez, en abril de 1927… Gente cordial, entre ella un señor Rodríguez… ¿Ha oído usted hablar de…? Y nombró a un personaje de la vida real, un triste caso de la vida real. Un doctor en leyes que se internó en un hato de su propiedad y administrándolo bien llegó a convertirlo en uno de los más ricos de la región; mas, porque un mal día comenzó a aficionarse a la bebida –acaso uno de esos de lluvia continua, a los que el llanero designa “de cachimba, tapara y chinchorro“, o sea de entretener el ocio con el humo de la pipa y el trago de aguardiente, este en el rústico envase de la tapara bajo la meciente cama-, de tal modo se entregó, que ya no hubo allí hombre que para algo sirviese. No estaba mal como personaje dramático y le puse por nombre Lorenzo Barquero.
     Pero ya el señor Rodríguez me estaba haciendo otra presentación: -¿Ha oído hablar de doña..? Una mujer que era todo un hombre para jinetear caballos y enlazar cimarrones. Codiciosa, supersticiosa, sin grimas para quitarse de por delante a quien le estorbase y…
     -¿Y devoradora de hombres, no es cierto? Pregunté con la emoción de un hallazgo, pues habiendo mujer simbolizadora de aquella naturaleza bravía ya había novela. ¿Bella entonces, también como la llanura?
     Allí supe de María Nieves, “cabrestero” del Apure, cuyas turbias aguas pobladas de caimanes carniceros cruzaba a nado, con un chaparro en la diestra y una copla en los labios, por delante de la punta de ganado que hubiera que pasar de una a otra margen. Con todo y su nombre lo metí en mi libro.
     En el hato de La Candelaria de Arauca, conocí también a Antonio Torrealba, caporal de sabana de dicho fundo –que es el Antonio Sandoval de mi novela- y de su boca recogí preciosa documentación que utilicé tanto en Doña Bárbara como en Cantaclaro.
     Llano adentro, más allá del Arauca, encontré a Pajarote –así se le apodaba-, el de la mano entregadora de hombre leal al estrechar la que se le ofrecía, y a Carmelito, el desconfiado, a quien había que demostrarle, con ejecutorias visibles, que se tuviera en el pecho corazón de hombre bueno de a caballo y bueno de verdad. Franqueza y recelo, dos formas de una misma manera de ser llanero.
     A Juan Primito con sus rebullones, tonto y bueno, lo conocí en un pueblo de los Valles del Tuy. Y a los de contraria índole: Mujiquita y Pernalete, Balbino Paiba y el Brujeador, me los encontré en varios sitios de mi país, componiendo personificaciones de la tragedia venezolana.
     Pintura de un desgraciado tiempo de mi país, no podían faltar, sin embargo, en mi novela, Santos Luzardo y Marisela, de pura invención de novelista.
     Se ponía el sol, suntuosamente, sobre el ancho río, y sobre la sabana inmensa, campo desierto, alimentador de la arrogancia del hombre ya recogida en la copla llanera:
   
                                                    Sobre la tierra la palma,
                                                    sobre la palma los cielos;
                                                    sobre mi caballo yo
                                                    y sobre yo mi sombrero.”

     Rómulo Gallegos nació en Caracas (1884), inició su creación narrativa con algunos cuentos publicados en el libro Los aventureros (1913), continúa con La rebelión (1922), que años después reeditará con otros trabajos similares, hasta Cuentos venezolanos (1949), El último patriota (1957) y Sus mejores cuentos (1959)… En el escenario de la novelística publica El último Solar, más tarde le cambia el título a Reinaldo Solar, La trepadora (1925), Doña Bárbara (1929), Cantaclaro (1934), Canaima (1935), Pobre negro (1937), El forastero (1942), Sobre la misma tierra (1943), La brizna de paja en el viento (1952), luego de su muerte se publica Tierra bajo los pies (1971).
      El último Solar o Reinaldo Solar es la forma de narrar la trascendencia de la familia Solar, en la vida del último de sus descendientes… La trepadora, símil con el que desarrolla una trama novelesca entre las diferencia de clase emparejadas en el amor de dos personajes, la mujer adinerada y de clase alta y el hombre sin planes en la vida, dejándose llevar por los impulsos de su fuerza joven y de reconcomios consigo mismo y con los de su clase… Doña Bárbara, en donde va a confluir una serie de situaciones sociales, enmarcadas en el conflicto de barbarie-civilización… Cantaclaro es la epopeya al llano recio, asiento del hombre cantador, mujeriego y fantaseador, el personaje en prosa de Gallegos, en el verso de Alberto Arvelo Torrealba, y en la Cantata de Antonio Estévez, prosa, poesía y música para un contrapunteador sin par:.. En el primer capítulo de la novela Cantaclaro, nos presenta al personaje coplero en su arrogancia firme sobre la ilímite sabana:

                                                 “Desde el llano adentro vengo
                                                  tramoliando este cantar.
                                                  Cantaclaro me han llamado.
                                                  ¿Quién se atreve a replicar?”

     Canaima, el nombre del dios del mal, desarrollo dramático que encarna a un personaje que le lanza topos a todo, a la audacia, a la aventura, a los desafíos a muerte, y que al final de la obra se deja llevar por la magia y el encanto de la selva indomable y cautivadora… Pobre Negro, la interminable historia del negro sometido, usado y burlado en cada una de sus circunstancias, como esclavo, como soldado y como ciudadano, en los campos, en los cobijos de negradas, en la guerra y en la república… El forastero, voz para darle cabida al foráneo de otra región del país o al de algún otro país… Sobre la misma tierra, la guajira venezolana con sus prácticas, sus costumbres y sus prometedoras posibilidades de hacer la mejor venezolanidad… La brizna de paja en el viento, ambientada en los espacios universitarios cubanos… Tierra bajo los pies, signo de amplitud para dejar sentado que la tierra es una sola, la paisana y la extranjera, suficiente para afirmarse, hacerse y trascender con el estudio y el trabajo creador y fecundo. Gallegos señaló aspectos de hondura regional, nacional y latinoamericana, su hacer literario abrió nuevos caminos en los enfoques de la escritura de aquellos años de comienzos y mediados del siglo veinte, fue un orientador de creencias en la fuerza creadora de nosotros mismos, con nuestros aciertos y equivocaciones, y sobre todo para que nuestras equivocaciones sean para obtener aprendizajes de nacionalidad, de arraigo en lo rural y en lo citadino, para el republicano que anunciaba Simón Rodríguez, y para la certeza de niños, jóvenes, adultos, hombres y mujeres para emprender, lograr y afianzar valores buenos para ser y proyectar en individualidades y en colectivo; la escritura de Gallegos es amplia en los cuatro puntos cardinales de Venezuela y más allá de sus límites.



Miguel Ramón Utrera

    
     La letra de la canción Motivos, escrita por el carabobeño Ítalo Pizzolante, nos dice: “Una rosa pintada de azul es un motivo”, con lo cual podemos entender que la poesía se nutre de pequeñas o grandes cosas. Esta idea es propicia para darle cabida al poeta de la sierra de San Sebastián de los Reyes, Miguel Ramón Utrera; desde su primer poemario Elegía Serrana  recoge su lírica entre los años 1922 a 1933, de este florilegio en Cromos de la sierra nos encontramos con los octosílabos: “La copla de la montaña / llegó vestida de luna, / con una flor en el seno / y una esperanza desnuda. / La copla de la montaña / trajo una pena profunda / y con ella, dulcemente, / los cafetales arrulla. / Los bucares, centinelas / de cadencias y rumores, / con fresco amor la saludan. / Cuando bajó a los caneyes / su acento estaba velado / por otra esperanza muda”…  La copla se viste de una sencillez nativa en la cadencia de los elementos de una flora con aromas de tranquilidad, de verdores que se cubren de otros tantos colores, es una estampa de sensualismo vegetal cantado por la sensibilidad de este bardo de verbo cónsono con el transcurrir de vivencias entre claroscuros de la montaña… En Nocturnal recoge su estro entre los años 1936 y 1940, en el 6 de Estancias de la noche en el pueblo, el poeta nos regala: “Candor de plenilunio. / Una estrella vigila. / Los campos del mundo, / solitarios, dormitan. / La linda noche viaja / con su rueca de anhelos. / La linda noche, sola / el recuerdo, muy lejos. / Fulge el río, rimando / sus nocturnas querellas. / Tras la pena del río, / el silencio se acerca. / La paz del pueblo sube / hasta las propias almas; / sus hojas moja en ellas / la rendida esperanza. / Aromada cadencia / de otro nombre lejano. / Una canción que vuela  / de los árboles claros. / Y la luna, y el río / y la senda desnuda. / Juega a ensueños la brisa / en la tibia penumbra. / Candor de plenilunio. / Las estrellas vigilan. / En la noche del pueblo / la soledad camina”… Es un himno sagrado a la noche en cada campo y en cada pueblo del mundo, Utrera vivió para hacerse hombre y por esencia se hizo poeta, para dejarnos más allá de su vida mortal la trascendencia de la palabra inmortal en el alma de las cosas elementales: una flor, la lluvia sola o en neblina, el fresco o el relente de la brisa. Este hombre-poeta vivió para la belleza en las formas y la hizo escritura; en Rescoldo nos entrega su creación entre los años 1936 y 1944, así podemos disfrutar en Paisaje: “Cae la lluvia, lenta, / sobre el campo tierno. / Viste la mañana / su traje más tierno. / ¡Qué siembra más clara / cubre el campo tierno! / Juncos de cristal / quiebran sus reflejos / en las sementeras / que ha labrado el viento. / La lluvia cae, lenta, / sobre el campo tierno. / Recoge la tarde / sus débiles ecos. / Una fría lumbre / se esconde a lo lejos. / ¡Qué clara cosecha! / ¡Espigó el silencio! / Cae, cae, la lluvia / sobre el campo tierno. / Los pájaros, mudos. / Los árboles, quietos. / ¿Lucirá su luna / la senda del sueño? / ¿Qué frágil cocuyo, / qué tibio lucero / prenderá en su sombra / la noche de invierno? / Desgrana la lluvia / su límpido acento. / Cae, cae, la lluvia / sobre el campo tierno”…  En este verbo nos pudiéramos trasladar a los tiempos edénicos, que el poeta supo aspirarlos en medio de su convivir cotidiano, Utrera vivía en la contemplación del ambiente y de las cosas, era un amante de Dios en vigilia y en sueños, una conjunción humana de intelecto y poesía, una armonía en pensamiento y sentimiento para la creación en la palabra. En 1948 deja conocer el libro de poesías Calendario de la ausencia, y nos dejamos llevar por los versos de Estancia de un día marinero: “Viajera: este día ya es todo tuyo, / por eso es tan azul y tan risueño. / Ahora estoy frente al mar / y te recuerdo. / Mientras el sol cincela sus espejos, / te recuerdo. / Mientras el mar fustiga el horizonte / con su encendido látigo de espumas, / te recuerdo. / Mientras iza sus alas, como velas, / el bajel de las horas a lo lejos, / te recuerdo. / Una nube semeja en la distancia / fresca rama del lirio marinero. / Y te recuerdo. / Y te recuerdo así por este día / que es tuyo: siempre azul por tu recuerdo; / con espejo de brumas y de alas; / con aroma de lirios; y bajeles / que viajan a un país de nombre tierno. / Todo esto bulle en la memoria clara / de un día ya sin sombras para el sueño. / Un día que retorna con tu huella / y se queda siendo nuestro para el tiempo; / cuando camino a solas por la arena / y el sol cincela sus espejos; / cuando torno a mirar aquella nube / que es la imagen de un lirio marinero. / Cuando estoy frente al mar que te arrullaba / y te recuerdo”… Aquí el hombre-poeta Utrera desnuda el alma de ese sentimiento eterno, el amor por una mujer, dama de las hazañas, de los arrullos y de la ternura, se alza el poeta de la voz encantada en mieles inolvidables y las esculpe en la memoria de la piedra marinera sin ausencias. Cuando revisamos la obra poética de Utrera, más de sesenta años de canto a la vida, al amor y a los sueños, nos topamos con el libro dado a conocer en el año 1950 Oficio de verano, y en La otra sed: “¿Qué le dicen las cigarras / al triste monte sediento? / El monte nada responde. / Están sus árboles quietos. / Del monte asoma, hasta el aire, / su pecho herido el silencio. / ¿Qué le lloran las cigarras / al pobre campo sediento? / Detrás del día que huye / van los caminos, huyendo. / Hieren el sol las cigarras / con sus insólitos hierros. / Si las cigarras callaran, / se escucharía el silencio. / Los caminos van al monte. / Vienen del monte hacia el pueblo. / Todos traen sobre sus hombros / el mismo grito sediento. / ¿Qué le piden las cigarras / a los caminos del pueblo?... El campesino, los niños y los poetas le cantan al verano con tristeza, es el tiempo cuando se van los verdores, los aromas y las flores, es un tiempo duro para la naturaleza toda, el sol danza y reverbera, las aguas se van y se ocultan, las lluvias son un recuerdo y una nostalgia. En 1953 Utrera publica La voz recobrada y leemos en Aroma de la voz: “Miramos la luna llena / dormida tras de los jobos. / Detrás: la noche dormida / sobre sus débiles oros. / Buscamos aquel camino / solitario y rumoroso / que va a las plácidas vegas / donde frutecen los jobos. / Era cierto. Desde el río / -como un tibio aliento hondo- / invadía todo el campo / aquel aroma de jobos. / Ciertamente: las palabras / eran un mágico soplo. / La noche, lenta, dormía / sobre sus pálidos oros. / El campo ya tiene luces / para desvelo y reposo. / Hasta en su sueño persiste / aquel aroma de jobos”… Utrera nació y vivió poeta, así siguió escribiendo y publicando Testigos del alba (1956), La huella invisible (1960), Aquella aldea (1962), Aires de la vida (1968), Edades de la flor (1982), y en Presencias: I “Miramos la flor más alta: / la saeta de un fulgor; / rama distante y liviana / perseguida / por otra llama en fragor. / ¿Desde cuándo el fuego –vida / o el fuego-muerte en ardor? / Pero vemos su ceniza. / Y hasta nos hiere su aliento / y su fragor. / Lo sabes. Pero no dices / que el fuego tiene su flor.  II  Buscamos la flor más pura. / Cercana como distante, / la que a su paso murmura, / rutilante, / leves historias de amor. / ¿Desde cuándo el agua-muerte / o el agua-vida en dolor? / Pero seguimos la ruta / que va al país de su espina / y de su amor. / Lo sabes. Pero no dices / que el agua tiene su flor.  III  Deseamos la flor más tierna, / la que, etérea y trashumante, / cautiva nuestro fervor. / La que acude tempranera / y anhelante, / cuando la aurora despierta, / a arrullarle su candor. / ¿Desde cuándo el aire-vida / o el aire-muerte en pavor? / Pero nos llega su efluvio. / Con un delgado rumor. / Pero seguimos su huella / que va al país del aroma / y del amor. / Lo sabes. Pero no dices / que el aire tiene su flor.  IV  Soñamos la flor sin nombre, / de más fecundo vigor; / la que brota, misteriosa, / de los surcos / cultivados con amor; / y con magia primorosa / le comunica a la vida / su dulzor. / ¿Desde cuándo el surco-vida / o el surco-muerte en clamor? / Pero seguimos la senda / que se multiplica en frutos / del más fecundo vigor. / Lo sabes. Y grita siempre: / ¡la tierra tiene su flor!  V  Guardamos la flor del nombre / para el tiempo del verano, / aunque nos hiera la mano / con su espina; / aunque nos queme por dentro / con el fuego de su sangre / en fragor. / ¿Quién dice que hay nombre-vida / o nombre-muerte en ardor? / Lo cierto es que perseguimos / el clamor / de aquella voz peregrina / que cubre nuestra memoria / de estupor. / Lo sabes. Y siempre dices / que el nombre tiene su flor.”  Este hombre-poeta dejó de leer y de escribir, dejó de contemplar y de amar cuando el hálito de vida escapó de su cuerpo, en el alma y en la poesía este hombre-poeta perdurará en las pequeñas y en las grandes cosas: en el alba, en el silencio, en la flor y en el amor.