jueves, 30 de septiembre de 2021

 

Cuentos para entretener            13

 

En esos tiempos hasta 1.960, cuando nos vinimos para Villa de Todos los Santos, allá en los patios de la casa de El Picacho pasaba los días jugando y entretenido solo; recuerdo que añoraba tener algún hermano, amigo o compañero de juegos y travesuras, mas no fue así en ningún momento; de mi hermano mayor Rafael Ángel recuerdo la vez, cuando yo estaba sobre el barranco del río, frente a la casa y él se lanzó de cabeza al agua, me quedé sorprendido y en suspenso, esperaba con angustia y me hacía preguntas: ¿cuándo va a salir, ¿dónde va a salir?, ¿por qué tanda tanto en salir?, ¿será que no va a volver a salir..?; me frotaba las manos, me paseaba de un lado a otro, se me hizo eterno ese tiempo, supongo que fueron segundos, quizás un minuto..., mas al rato surgió casi en la mitad del río. Estuvimos hasta mis ocho años de edad en esa casa a orilla del Apure, me bañaba en el río, mas ahí y en esos tiempos no aprendí a nadar; aprendí a nadar años después en Villa de Todos los Santos; otra de las cosas que recuerdo de mi hermano mayor, fue la tarde, cuando mi papá estaba trabajando carpintería en el banco de labor que tenía bajo la enramada delante de la casa frente al río, de repente escuchamos unos gritos, y no sé cómo mi papá supo que se trataba de mi hermano, agarró una maceta y salió corriendo hacia la chalana, donde mi hermano trabajaba de motorista, cuando llegamos, se fue hasta donde mi hermano, varios en la chalana lo habían cayapeado y uno de ellos le dio una puñalada en el brazo derecho, y luego huyó lanzándose al agua; mi papá agarró a mi hermano del brazo ileso, pasamos por casa de mi mamá Cecilia Filomena y con ella nos fuimos a una clínica, donde el médico León Tirado atendió la herida punzo penetrante, después nos fuimos a casa; al día siguiente mi hermano amaneció con el brazo muy hinchado y no soportaba el dolor, fuimos de nuevo a la clínica, donde el médico le hizo una cirugía, ya casi se le gangrenaba el brazo, después de la intervención el médico le dijo a mi papá, que eso pasó porque seguro mi hermano había tenido relación íntima con la mujer, ya mi hermano convivía con su mujer Yolanda, en casa junto a nosotros; otra de las cosas que recuerdo de mi hermano mayor era que trabajaba en el bar Sol y sombra..., todavía mi hermana mayor Josefina, a la que siempre hemos nombrado por el hipocorístico Pina, conserva una foto sepia, donde él aparece sobre una bicicleta Raleigh frente a dicho botiquín; también recuerdo que en el año 1.960 mi hermano se presentó a la Prefectura en San Fernando para irse a prestar servicio militar; mi papá cuando escuchaba sonar alguna ranchera cantada por Pedro Infante o alguno de esos charros mexicanos de la época, me decía que se acordaba de Rafael, porque a él le gustaban mucho las canciones rancheras acompañadas de mariachis...

                                                                                  Adelfo Morillo  

miércoles, 29 de septiembre de 2021

 

A mi escuela

Este sol llanero nos despierta,

con buen calor estamos alertas;

vamos todos con alegría

a comenzar clases en nuestra escuela...

 

La batalla ahora es con lápiz,

cuaderno, libro y mucha atención,

para cincelar presentes de aurora

en nuestra escuela Batalla de Carabobo...

 

Cantamos el Gloria al Bravo Pueblo,

izamos la bandera tricolor,

viva nuestro Dios y viva Bolívar,

Libertador de nuestra gran nación...

 

A esta Villa de Todos los Santos,

de agua, de tierra y sol

le damos perenne bienestar

con siembra de plantas con amor...

 

Este sol llanero nos anima,

con buen calor nos despierta,

llegamos todos con alegría

a comenzar clases en nuestra escuela...

                                                                Adelfo Morillo

domingo, 26 de septiembre de 2021

 

Cuentos para entretener            12

Siempre salíamos mi papá y yo en la mañana, fuera a pie o en la curiara, si era en la curiara salíamos más temprano, en la mañanita después de tomar el guayoyo recién colado por mi mamá, aprovisionados de algún bastimento: cambures manzanos con queso blanco llanero o panes dulces con queso o catalinas con queso blanco blandito; nos subíamos en la curiara, mi papá con el bastimento en el porsiacaso, él con el canalete y yo con la palanca, remontábamos o bajábamos por el Apure, en tiempos de lluvias, el río se llenaba de orilla a orilla, a veces se desbordaba inundando las partes más bajas de San Fernando y también a Puerto Miranda del lado del Estado Guárico, se veía el agua revuelta terrosa, bajando boras, y con grandes remolinos con borbollones, esas travesías las hacíamos por diversas causas, sobre de todo para preparar vegas, según para sembrar maíz; mi papá ya había visteado el sitio, conducíamos hasta allá y mi papá comenzaba a tumbar monte, gamelotales más altos que él, a punta de machete y con garabato, el machete él lo amolaba con lima y después lo pasaba por la piedra de amolar, lo dejaba amoladito como hojilla, le sacaba filo hasta por la parte de atrás del machete; yo le decía de usarlo, y no me dejaba, porque él decía que era peligroso y me podía cortar; lo curioso de esta faena era que después de realizar esa tarea de desmonte, no íbamos a sembrar; mas esa era su añoranza, todavía cuando él tenía más setenta años, lo escuchaba decir: ¡Ah, si pudiera tumbar una roza, qué bueno es sembrar una roza..! La roza consiste en elegir un pedazo de tierra, si tiene árboles, se talan, se corta el monte a punta de machete, se recoge y se apila esa tala y desmonte en montones y se le prende fuego, según esas cenizas sirven de nutrientes para el suelo; previo a Semana Santa el viaje en curiara lo hacíamos para ir a cortar algunas varas para hacer los trompos, madera que él sabía cuál era las más zumbadora, cortaba los palos y nos regresábamos a casa, donde se ocupaba con martillo, clavos y machete, colocaba el clavo en el pedazo de vara y empezaba a labrar con el machete, hasta cuando le daba la forma y cortaba el trompo; hacía trompos grandes para él y unos más pequeños para mí, los enrollaba con la cabuya y lo hacía bailar, lo tomaba en la mano, cuando yo todavía no sabía bailarlo y menos tomarlo en la mano, me dijo cómo enrollarlo, bailarlo y tomarlo en la mano y hasta en la uña y en el aire... Ahora cuando escribo estas líneas, me afloran recuerdos, me paro y voy hasta la biblioteca de casa, busco el libro Amor y terror de las palabras, escrito por el filósofo de Palmarito (Estado Apure) José Manuel Briceño Guerrero (del que recibí clases en Mérida de las asignaturas Mitología Clásica, Pensamiento Clásico, en ese semestre leímos en griego antiguo el diálogo Simposio (El Banquete), escrito por Platón), Editorial Mandorla, Caracas, 1.987, y en la página 138 leemos la adivinanza infantil: Para bailar me pongo la capa, / porque sin la capa no puedo bailar; / para bailar me quito la capa, / porque con la capa no puedo bailar (el trompo)...

                                                                             Adelfo Morillo

 

Cuentos para entretener            11

A lo largo de mi cotidianidad son innumerables los momentos que he ido atesorando aquí, allá y en tantas partes, y asimismo he ido cincelando en mi memoria los gratos momentos y dejando en el olvido aquellos ingratos;  y a mi edad actual sigo persiguiendo las nubes que entretienen con sus distintas formas, dejo correr mis pensamientos y sentimientos con las aguas del río, persigo el vuelo de los cocuyos en las noches oscuras o las en la noches claras de luna, sigo con alegría persiguiendo y atrapando y soltando caballitos o libélulas en tardes serenas, me sigue embelesando el surgir y zambullir de las toninas, porque aun recuerdo cuando vivíamos a orilla del Apure, de mis tiempos solo, pescando sobre la curiara o sobre el plan de una chalana varada que habían abandonado frente a la casa; y es así cómo ahora recuerdo la mañana cuando bajé a pescar en la curiara amarrada a la orilla del río frente a la casa, lancé varias veces el guaral con anzuelo y carnada, había pasado un buen rato y solo había pescado un caribe pecho rojo, y como no ajiló más nada, agarré el caribe y lo metí completo en el anzuelo, lancé el guaral, lo amarré del banco de la curiara y me fui para la casa, cuando quizás había pasado más de una hora, fui a revisar el guaral, empecé a halar y halaba, sentí que no halaba ni pesaba, pensé que los caribes se habían comido la carnada, seguí halando hasta tener el guaral frente a la orilla de la curiara, miré algo que asomó fuera del agua y me asustó tanto que solté el guaral y salí en carrera hacia la casa, gritando, llamando a mi papá, llegué y le dije todo azorado que había ajilado algo muy grande y feo, bajó conmigo, haló el guaral, miró y dijo que eran dos rayas, eran muy grandes, como dos tortas de casabe, una estaba sobre la otra, mi papá: Están encastando... También recuerdo la tarde después del almuerzo, del bagre guisado que habíamos comido, aparté el cuero y me lo llevé con el guaral de pesca, me dirigí a la chalana abandonada frente a la casa, llegué y me ubiqué sobre el plan que todavía estaba sano y fuerte, agarré el cuero del bagre, lo amarré del guaral, lo empecé a hundir en el río, sentía que mordían los peces, cuando halaba el guaral, salían pegados del cuero varios caribes pecho rojo, los caribes caían saltando sobre el plan de la chalana y volvían a caer a las aguas del río, y en una de las haladas los miro saltando sobre el plan de la chalana, quise atajarlos y rápido metí la mano derecha, cuando uno de los caribes me mordió el dedo meñique de la mano derecha, de eso hace más de sesenta años, y todavía toco, siento y miro la cicatriz de esa mordida en mi dedo meñique...

                                                                         Adelfo Morillo   

viernes, 24 de septiembre de 2021

 

Cuentos para entretener            10

Cuando tenía siete años de edad, mi papá Tomás y mi mamá Catalina pensaron que ya era tiempo de que yo aprendiera a leer y a escribir, y una buena mañana, mi papá me dijo que íbamos a salir para el centro de San Fernando, salimos y nos dirigimos hacia la Papelería y Librería donde él compraba el pregonero, y preguntó por el libro Mantilla, creo que pagó un bolívar por el ejemplar de tapa dura, con ilustraciones en blanco y negro; con tal libro mi mamá quiso que yo aprendiera el alfabeto o abecedario, y cuando lo aprendí, comenzó ella a enseñarme a leer con el método del deletreo, que consistía en nombrar cada letra y luego pronunciar cada sílaba de la palabra, y uniendo las sílabas, se debía leer el significado de la palabra, y recuerdo que ella elegía una palabra como casa, por ejemplo, y yo decía c (ce) a (a) ca, s (ese) a (a) sa: y yo hasta ahí llegaba, y mi mamá me preguntaba ¿qué dice?, y yo no sabía unir los dos sonidos, y ella insistía, pero si lo dices clarito, y así no sé con cuántas palabras y no sé por cuántos días..., en resumen no aprendí a leer con tal método; y cuando andaba con mi papá a pie o navegábamos, no por internet, sino en la curiara, él acompañaba nuestras andanzas con su conversación salpicada de cuentos, leyendas, moralejas, recuerdo que me contaba de un hijo amoroso con la madre, y un día la madre enfermó y pasaban los días y la madre seguía en cama, y el niño pensando que la madre podía morir, una mañana fue al jardín y tomó una rosa perfumada y se la llevó a la madre en su lecho, y la madre ante ese gesto de atención amorosa, a partir de ese momento comenzó a restablecerse...; y mi papá destacaba de cómo es de admirar a los hijos que son amorosos con los padres y sobre con la madre...; otro cuento que mi papá me refería era del leñador, que una mañana hachando a la orilla del río, se le soltó el hacha que fue a dar a las aguas del río, y el leñador se quejaba de su mala suerte...; cuando de pronto sale el encanto de las aguas y le pregunta ¿por qué se lamentaba..?, y el leñador le responde que se le cayó el hacha al río, su herramienta de trabajo con que sustenta a su familia..., el encanto se sumerge y regresa con una hacha de oro y le pregunta: ¿esta es tu hacha...?, y él responde: No, esa no es mi hacha...; el encanto vuelve a sumergirse y emerge con una hacha de plata y le pregunta: ¿esta es tu hacha..?, y de nuevo le responde: No, esa tampoco es mi hacha...; por tercera vez el encanto zambulle y regresa con el hacha bastante usada y le pregunta: ¿esta es tu hacha..?, y el hasta entonces afligido leñador, ahora responde con emoción: ¡Sí, esa es mi hacha..! Y el encanto vuelve a sumergirse y regresa con las hachas de oro y de plata y también se las concede al leñador, como premio por su honradez... Debió pasar cierto tiempo, cuando yo tenía más de treinta años de edad y en un viaje que hice a Caracas, me consigo con la sorpresa, de que en uno de los tantos sitios de venta de libros usados, ahí estaba el libro Mantilla, lo compré, y me consigo con otra sorpresa, los dos cuentos que arriba escribo forman parte de las varias lecturas que contiene el legendario libro Mantilla, de tapa dura que se empleaba en primer grado, para aprender a leer y a escribir...

                                                                                       Adelfo Morillo

 

Cuentos para entretener            9

Esa mañana después de haber desayunado con café con leche, pan dulce y queso blanco de cincho blandito, me dice mi papá: Ya nos vamos a comprar el pregonero... Salimos y enrumbamos por el camino que conduce a donde queda el palacio de gobierno, ahí llegamos y seguimos caminando cuando miramos que a una cuadra del palacio de los Barbarito, en la plaza estaba un grupo de gente y se veía una estatua pedestre cubierta por una tela, mi papá pregunta a alguien de qué se trataba tal reunión y  este le responde que iban a develar la estatua del general José Antonio Páez; al rato llegó la comitiva que acompañaba al gobernador del Estado Apure, comenzaron los actos protocolares, habló el gobernador y después procedieron a develar la estatua, no recuerdo ni una palabra de las dichas por el gobernador; después de comprar el periódico nos dirigimos a casa, y en el trayecto mi papá me contó de cuando se dio la batalla de Carabobo, en aquella mañana del 24 de junio de 1.821, estrategia concebida por el Libertador Simón Bolívar, y de cómo apenas había comenzado la batalla, fue herido de muerte el teniente Pedro Camejo, conocido como Negro Primero, y según se cuenta, este va en veloz carrera y el general Páez le grita: ¿Por qué huyes, negro cobarde..? Y este le responde: No huyo, Taita, vengo a decirle adiós, porque estoy muerto..., y cae del caballo, ya muerto...  Releo la Autobiografía..., escrita por José Antonio Páez, firmada por él en Nueva York el 19 de abril de 1.867,  Editorial Bedout S. A. (1.973), Medellín; Colombia; a partir de la página 213 leemos: Los oficiales de mi estado mayor que murieron en esta acción de la mañana del 24 de junio de 1.821, en la sabana de Carabobo fueron: coronel Ignacio Meleán, Manuel Arraiz, capitán Juan Bruno, teniente Pedro Camejo (a) Negro Primero, teniente José María Olivera y teniente Nicolás Arias. Entre todos con más cariño recuerdo a Camejo, esclavo un tiempo, después de la acción del Yagual, admitíle en mis filas y siempre a mi lado fue para mí preciosa adquisición. Tales pruebas de valor dio en todos los reñidos encuentros que tuvimos con el enemigo, que sus mismos compañeros le dieron el título de Negro Primero. Continuó a mi servicio distinguiéndose siempre en todas las acciones más notables, y su nombre aparece entre los héroes de las Queseras del Medio. El día de la batalla de Carabobo, a los primeros tiros, cayó herido mortalmente, y tal noticia produjo después un profundo dolor en todo el ejército. Bolívar cuando lo supo, la consideró una desgracia y se lamentaba de que no le hubiese sido dado presentar en Caracas a aquel hombre que llamaba sin igual en la sencillez, y sobre todo, admirable en el estilo peculiar en que expresaba sus ideas... Si aquel gesto de despedida de Negro Primero antes de morir fue cierto, no lo sabemos, en estas líneas de elogio de Páez no hace referencia de tal cosa; si fue cierto, bien para nuestra magna historia patria, y si no, no desmintamos tal leyenda de heroicidad...

                                                                  Adelfo Morillo