viernes, 18 de septiembre de 2015

Tras de una vida sencilla 16


Tras de una vida sencilla                    16

       En la Villa de Todos los Santos los niños nombrábamos a Dios, yo no era ajeno a Él, tantas veces juré en su nombre por tantas cosas tontas, conversábamos y nos hacíamos preguntas, algunos lo negaban, otros se atemorizaban por su nombre, y también había quienes creían en su existencia y en su inmenso poder, yo estaba lejos de comprender y de aceptar la infinita ubicuidad de Dios…
       El espacio no existe para todos los que creemos en Dios, no hay conceptos de lejos o cerca, porque solo mora en la fe y en el amor, y el tiempo para nosotros es absoluto en cada segundo presente, porque solo vivimos aspirando minúsculos instantes de eternidad…
       En este mundo de tiempo presente nunca nos alegramos, porque pensemos que hemos llegado a la máxima bienaventuranza, la meta consiste en acercarse lo más posible a una vida justa en el amor de Jesucristo, y para ello debemos renunciar al egoísmo individual, y darnos para dar y servir con egoísmo comunitario, y este consiste en que nunca podemos sentirnos satisfechos, mientras tanta gente sufre por no poder satisfacer las necesidades básicas cotidianas.
       En este mundo miramos a Dios en las voces y en el silencio, cuando la sequía golpea sin piedad y cuando la lluvia arrasa sin misericordia, también lo sentimos en el llanto de los niños y en sus cándidas sonrisas; a mí me gusta sentirlo en los fulgores de los relámpagos relancinos, en los vaivenes que hacen las libélulas en sus vuelos y en el recuerdo de infancia que me viene del río de las toninas…

Adelfo Morillo

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