Cuentos para
entretener 10
Cuando tenía siete años de edad, mi papá Tomás y mi mamá
Catalina pensaron que ya era tiempo de que yo aprendiera a leer y a escribir, y
una buena mañana, mi papá me dijo que íbamos a salir para el centro de San
Fernando, salimos y nos dirigimos hacia la Papelería y Librería donde él
compraba el pregonero, y preguntó por el libro Mantilla, creo que pagó un
bolívar por el ejemplar de tapa dura, con ilustraciones en blanco y negro; con
tal libro mi mamá quiso que yo aprendiera el alfabeto o abecedario, y cuando lo
aprendí, comenzó ella a enseñarme a leer con el método del deletreo, que
consistía en nombrar cada letra y luego pronunciar cada sílaba de la palabra, y
uniendo las sílabas, se debía leer el significado de la palabra, y recuerdo que
ella elegía una palabra como casa, por ejemplo, y yo decía c (ce) a (a) ca, s
(ese) a (a) sa: y yo hasta ahí llegaba, y mi mamá me preguntaba ¿qué dice?, y
yo no sabía unir los dos sonidos, y ella insistía, pero si lo dices clarito, y
así no sé con cuántas palabras y no sé por cuántos días..., en resumen no
aprendí a leer con tal método; y cuando andaba con mi papá a pie o navegábamos,
no por internet, sino en la curiara, él acompañaba nuestras andanzas con su
conversación salpicada de cuentos, leyendas, moralejas, recuerdo que me contaba
de un hijo amoroso con la madre, y un día la madre enfermó y pasaban los días y
la madre seguía en cama, y el niño pensando que la madre podía morir, una
mañana fue al jardín y tomó una rosa perfumada y se la llevó a la madre en su
lecho, y la madre ante ese gesto de atención amorosa, a partir de ese momento
comenzó a restablecerse...; y mi papá destacaba de cómo es de admirar a los
hijos que son amorosos con los padres y sobre con la madre...; otro cuento que
mi papá me refería era del leñador, que una mañana hachando a la orilla del
río, se le soltó el hacha que fue a dar a las aguas del río, y el leñador se
quejaba de su mala suerte...; cuando de pronto sale el encanto de las aguas y
le pregunta ¿por qué se lamentaba..?, y el leñador le responde que se le cayó
el hacha al río, su herramienta de trabajo con que sustenta a su familia..., el
encanto se sumerge y regresa con una hacha de oro y le pregunta: ¿esta es tu
hacha...?, y él responde: No, esa no es mi hacha...; el encanto vuelve a
sumergirse y emerge con una hacha de plata y le pregunta: ¿esta es tu hacha..?,
y de nuevo le responde: No, esa tampoco es mi hacha...; por tercera vez el
encanto zambulle y regresa con el hacha bastante usada y le pregunta: ¿esta es
tu hacha..?, y el hasta entonces afligido leñador, ahora responde con emoción: ¡Sí,
esa es mi hacha..! Y el encanto vuelve a sumergirse y regresa con las hachas de
oro y de plata y también se las concede al leñador, como premio por su
honradez... Debió pasar cierto tiempo, cuando yo tenía más de treinta años de
edad y en un viaje que hice a Caracas, me consigo con la sorpresa, de que en
uno de los tantos sitios de venta de libros usados, ahí estaba el libro
Mantilla, lo compré, y me consigo con otra sorpresa, los dos cuentos que arriba
escribo forman parte de las varias lecturas que contiene el legendario libro
Mantilla, de tapa dura que se empleaba en primer grado, para aprender a leer y
a escribir...
Adelfo
Morillo
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